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ALFREDO ARNOLD

En medio de la vorágine des-informativa electoral, dos temas han ocupado mayormente la atención: las AFORES y las pensiones del gobierno para adultos mayores. Ambos tienen que ver con la edad de las personas.
No sabemos hasta dónde va a llegar la reforma a las AFORES. Ya está aprobada, pero le comienzan a llover amparos. Lo que sí parece claro es que, el hecho de reducir la edad mínima para obtener una pensión, es una decisión política que terminará en un completo desastre, ya que se pretende financiar una situación cierta, como lo es el incremento de personas y pensiones, con recursos contingentes, como son las poco probables utilidades de algunas nuevas empresas del gobierno y las AFORES inactivas de personas mayores de setenta años.
Seguramente, en la creación del Fondo de Pensiones para el Bienestar no intervinieron actuarios, que son los profesionistas expertos en viabilidad y riesgos financieros, primas, seguros, etcétera, sino únicamente políticos oficialistas y de oposición.
A pesar de que las pensiones son uno de los mayores problemas financieros a que se enfrentan los gobiernos de un gran número de países desarrollados, en México se está apostando por caminar en sentido contrario: reducir semanas de cotización, reducir la edad mínima e incrementar el monto de la pensión.
La realidad es que la población considerada como “adulto mayor” crece cada día y llegará el momento en que la estructura pensionaria explote. No sólo no va a haber pensiones “dignas”, no habrá dinero para pensiones.

Las AFORES vinieron a ser una alternativa real para el ahorro de los trabajadores, con la ventaja de que los patrones contribuyen. ¿Que son insuficientes?, es verdad, pero son un instrumento progresivo, es decir, que puede ser mejorado y no necesariamente violentado. Se crearon en 1997, antes no había nada.
El tema de la edad es fundamental. Cuando se es joven, existe la percepción de que las personas de sesenta años ya son viejitos, pero cuando se llega a los sesenta (o a los setenta y siete, como yo), vemos que las personas de cincuenta, sesenta o más años, son adultos con plena capacidad de trabajar, con mucho qué aportar a la sociedad y con una reserva laboral indiscutible.

Por supuesto que hay excepciones, sobre todo por razones de mala salud, y en estos casos se justifica totalmente el apoyo social. Pero no es la mayoría; nada de que “ya dieron lo mejor de su vida” al país. Si algo repugna a una persona, es que la retiren porque dejó de ser útil.
Si se les hubiera considerado incapacitados por haber cumplido sesenta años, los siguientes personajes no hubieran podido desempeñar su puesto: el Papa Francisco, Donald Trump, Joe Biden, López Obrador, Vladimir Putin, el rey Charles de Gran Bretaña, Madonna, Nicolás Maduro, Carlos Slim, Salinas Pliego, Claudia Sheinbaum, Johnny Depp, Andy Reid (coach de los Jefes de Kansas, campeones de la NFL), Paul McCartney, López-Dóriga, Xi Junping, Carmen Aristegui, Eugenio Derbez…, y miles y miles más.

Reducir la edad mínima para jubilarse, es aparentemente una decisión justa, pero lamentablemente no sustentable; incluso podría ser contraproducente. Varios países ya se dieron cuenta de su error y están dando marcha atrás: Francia, Dinamarca, Países Bajos y Noruega, por ejemplo, han comenzado a elevar la edad mínima para iniciar el retiro. En Corea, los propios sindicatos promueven una ley para incrementar la edad de retiro con el fin de cotizar mejores pensiones. El aumento de edad será gradual hasta llegar, en algunos casos, a los 69 años.

En fin, el tema es muy complicado: por un lado, es preciso llegar algún día a tener pensiones adecuadas, incluso para quienes están en el sector informal; sin embargo, eso no es cosa de decretos, ni leyes, ni de reformas regresivas, debe ser un proceso gradual, largo, disciplinado y transparente.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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