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ALFREDO ARNOLD

Cuánto esfuerzo cuesta construir y con qué poquito se puede destruir.
Además de las historias reales de tristeza que dejan en las familias los hechos de violencia, las comunidades se van deteriorando en lo moral y en lo material, el desarrollo se detiene, el bienestar se desvanece y la esperanza de una vida mejor se esfuma.
Los actos de violencia se incrementaron o se hicieron muy notorios en días pasados. En varias entidades del país ocurrieron hechos alarmantes, incluso en Jalisco, donde se registró un atentado mortal con explosivos. En conjunto dan la impresión de que se trata de una escalada de la violencia, que ya de por sí arroja cifras sin precedente en el país, pero luego se ve que lamentablemente esa es la situación que se ha “normalizado” en el país.
No existe algo único que motive la violencia, como podría ser la guerra. No, la violencia se ha arraigado a tal grado que sus causas son múltiples y variadas, algunas más profundas que otras, pero indefectiblemente todas conducen a resultados funestos.

Qué azaroso es construir y con qué facilidad se destruye, decíamos en las primeras líneas. Miremos estos ejemplos: la ciudad de Hiroshima tenía 347 años de haber sido fundada cuando, en 1945, la bomba atómica la destruyó en sólo segundos. Once años tardaron en construir las Torres Gemelas de Nueva York y en menos de una hora fueron reducidas a escombro tras los atentados de septiembre 2001. La capital de México se transformó a partir de 1521, secaron el lago que la rodeaba en la época prehispánica, trazaron avenidas y fueron surgiendo magníficas construcciones que le dieron fama de “ciudad de los palacios”, y ocurrió que una gran parte del esplendor conseguido a lo largo de 464 años con la participación de tres culturas –mexica, española y mexicana-, se esfumó en los breves minutos que duraron los sismos de 1985.

También la violencia destruye. A finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, la ciudad de Guadalajara vivió tiempos de terror originado personajes, motivos y situaciones distintas a las de ahora, pero que igualmente produjeron asesinatos, balaceras, atentados contra edificios públicos (recuerdo que en el antiguo El Diario, periódico donde trabajaba, en tres ocasiones tuvimos que evacuar el edificio por amenazas de bomba), crecieron los municipios, etcétera. Costó mucho esfuerzo al gobierno federal de Luis Echeverría y al estatal de Alberto Orozco Romero pacificar la ciudad.

Lo que ocurrió después fue sorprendente: Guadalajara comenzó a desarrollarse de forma extraordinaria. Se transformó la zona centro, se crearon nuevas vialidades, surgieron numerosas empresas, se modernizaron los centros urbanos, llegó muchísima gente de otros estados, se crearon nuevos sistemas de transporte, se multiplicaron las universidades y las oportunidades culturales, aumentaron los fraccionamientos, se crearon clubes deportivos y espacios para la diversión y el esparcimiento, creció el turismo… vinieron años de prosperidad y desarrollo no vistos en otras entidades del país.
Todo eso no fue gratis; fue producto de un clima de paz. Tampoco podemos decir que todo transcurrió en absoluta tranquilidad, pero el clima de seguridad que ofrecía Jalisco prevaleció sobre todo lo demás. Afortunadamente, ese impulso no ha terminado por completo, Guadalajara aún conserva su atractivo; el desarrollo empresarial, educativo e inmobiliario sigue vigente, pero acecha un gran enemigo que es la inseguridad.

Existen distintos móviles para que la violencia esté ocurriendo; podría tratarse de enfrentamientos entre grupos de la delincuencia como afirman las autoridades; choques entre grupos con poder fáctico, no necesariamente de la delincuencia; puede tratarse de “fuego amigo”, es decir, desde el interior de las corporaciones encargadas de la seguridad; podría tratarse de venganzas, de acciones para infundir miedo o intranquilidad pública o para retar a las autoridades; incluso podría ser producto de equivocaciones y también, por supuesto, de hechos relacionados con la política que pasa por un estado de degradación. Sería muy simplista echarle toda la culpa a una sola causa.

Este no es el mejor ambiente para el país. Lo que a lo largo de los años se ha podido construir sería echarlo por la borda. Urge cambiar, ¿cómo?… ese es el dilema.

El autor es LAE, diplomado en Filosofía, periodista devasta experiencia y académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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