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Cuando escuchamos cuál es la concepción que tiene el hombre actual del matrimonio y de la dignidad de la mujer, los cambios al respecto los expresan como un adelanto para la comunidad humana, como expresión de las libertades vanguardistas.
Esta concepción contemporánea –supuestamente– de modernidad y de progreso en relación a la vida
matrimonial y a la mujer es, más bien, manifestación del profundo grado de deshumanización que
estamos viviendo.
Se busca que la relación hombre–mujer se entienda ahora también como de hombre con hombre, mujer
con mujer, sin distinción, y esto lo que ha traído es deshumanización.
Lo que pudiera ser fuente de gozo, como es la relación complementaria entre hombre y mujer, se convierte en otro tipo de relaciones, en fuente de constante conflicto, y en total confusión.

Ante este panorama que estamos viviendo, con esta concepción que la cultura actual tiene del hombre, de la mujer, de la sexualidad, del matrimonio, la Palabra de Dios nos aclara las cosas.

En una ocasión, le hicieron una pregunta a Jesús para ponerlo a prueba: “¿Puede un hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?” (Mt 19,3). El Señor respondió con el proyecto de Dios, es decir, que Él creó al hombre y a la mujer, para que dejaran a su padre y a su madre y se unieran (cfr.Mt. 19,5). Ya no serían dos, sino una sola carne.
Sus interlocutores alegaron que Moisés les permitió el divorcio, ante lo cual, el Señor les dice por qué lo hizo: “por la dureza de su corazón”. En esta respuesta podemos encontrar el porqué de esta confusión en la cultura de hoy en cuanto a la antropología, a la sexualidad y al matrimonio.

En la dureza de nuestro corazón está la concepción errónea de lo que debe ser el matrimonio, la sexualidad y la familia, un daño que nos dejó el pecado original. Aquí está la clave para entender todas las barbaridades que se proponen hoy respecto a estas realidades.

Cuando Jesús dice que Moisés se los permitió por la dureza de su corazón, hace referencia al
proyecto originario de Dios: “En el principio no fue así”, aclara. El Señor nos reenvía a los orígenes
de la obra creadora de Dios; en el cumplimiento del proyecto de Dios está nuestra verdadera felicidad y
nuestra plena realización, y no en la dureza de nuestro corazón. La fuente de nuestra felicidad en este mundo está en asumir el proyecto originario del Creador.
Él es Padre, quiere nuestro bien, nuestra felicidad, lo mejor para nosotros, por eso su proyecto lo
pensó, en el origen, así: hombre y mujer. No hombre con hombre, ni mujer con mujer.
Ante toda confusión del momento que vivimos, nos hace bien retomar este proyecto de Dios, volver a él, y analizar con sinceridad y realismo la dureza de nuestro corazón, que nos impide ver dónde está la
verdadera fuente de la felicidad y, por el contrario, nos aventura a buscar otras posibilidades que se
convierten en infelicidad, en penas, en retrocesos para nuestra vida.
El Señor nos recuerda de esta forma la dignidad del matrimonio y de la mujer.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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