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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Es sorprendente que la guerra más importante librada en América entre indígenas y españoles, en el siglo XVI, permanezca olvidada, y solamente en algunos libros de texto regionales se le mencione. En contraparte lo que todo mundo sabe es de Hernán Cortés y la conquista de Tenochtitlán, un conflicto que no duró ni tres meses.
La gran sublevación indígena llamada del Mixtón comenzó a fines de 1540 y no terminó, en su etapa crítica, sino hasta el 16 de diciembre de 1542, fueron 14 meses de guerra que devastaron e incendiaron todas las tierras hasta ese momento aseguradas por el dominio español en el sur de Nayarit y Zacatecas, y en la hoy región “Valles” del estado de Jalisco. Granjas, haciendas, pueblos indígenas, villas y ciudades españolas, junto con misiones y capillas, todo fue pasto de la violenta sublevación de los pueblos indígenas cazcanes y nayaritas, mismos que arrastraron a las comunidades del poniente de Jalisco, a uno y otro lado de la colosal barranca. A estos pueblos que estaban de paz, los sublevados no les dejaban más que dos caminos, unirse a la rebelión o ser ahí mismo ejecutados. Si se unían, y ya habían sido bautizados, les raspaban la cabeza con una piedra hasta que sangraban, lo cual significaba para ellos, que el bautismo había sido borrado.

Fue desde luego una guerra justa. Si en el principio los pueblos indígenas y sus caciques creyeron y confiaron en la palabra de los españoles, pronto se dieron cuenta de la frecuencia con que éstos traicionaban acuerdo y límites, fueron diez años de soportar y calibrar hasta que la paciencia se agotó y literalmente hizo volar todas las estructuras apenas medianamente establecidas por los recién llegados.

La gran sublevación comenzó en el pueblo de Huaynamota, donde se dio muerte al encomendero Juan de Arze, junto con sus mastines, vino luego la proclama de Tlaxicoringa, donde indígenas de Tlaltenango, Colotlán y otros poblados, dieron a la guerra un tinte específicamente religioso, había que arrojar a los invasores y a su religión cristiana fuera de sus tierras.

Significativamente esta sublevación no fue ni caótica ni improvisada, desde el principio fue clara la estrategia usada por los líderes: ir expulsando a los españoles de norte a sur, borrar su capital, entonces en Compostela, y aislar a Guadalajara, ubicada en Tlacotlán, con el apoyo de los cacicazgos del valle de Atemajac y del sur, por los caminos de Sayula y de Cocula, con lo cual todo recurso venido de Michoacán o de México quedaba bloqueado.
Al extenderse la sublevación todo el dominio español en la Nueva España se puso en tan grave riesgo, que el propio virrey, Antonio de Mendoza, debió acudir a enfrentar una crisis que rebasaba las posibilidades de los pocos españoles asentados en estos rumbos.
Desde 1519 hasta ese año de 1540, nunca los españoles habían enfrentado una reacción tan violenta, amplia y bien organizada como ésta, el futuro quedaba en suspenso.

armando.gon@univa.mx

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