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Entre las enseñanzas del Maestro a sus discípulos está la de prevenirnos del riesgo que tenemos de
apegarnos a los bienes materiales de una forma desordenada.
Mientras estamos en esta vida tenemos la tentación de aficionarnos tanto a las cosas de este mundo que
dejamos de lado lo que es verdaderamente importante.
Nada de malo tiene obtener ganancias de una forma honrada. Lo malo puede venir después, cuando nos preguntamos qué hacemos con esa ganancia, complacernos en lo que hemos conseguido, pensar en que lo vamos a gastar y saborear, que ya lo estamos haciendo, como si el futuro lo tuviéramos asegurado, pero sin pensar en nadie más que en uno.
Así, pareciera que en el mundo solo existen la persona afortunada que piensa así y su riqueza, como si fueran los únicos personajes de la historia.
De esta forma, el rico hace a un lado a la persona más importante entre cada uno y los bienes que posee,
que es Dios, quien se dirige al que piensa así como ‘insensato’.
El hombre, cuando tiene riqueza, cuando tiene suficientes bienes materiales, siente que todo lo tiene resuelto, todo seguro, todo fríamente calculado.

El hombre que acumula riquezas sin percatarse que el personaje más importante de nuestra vida es Dios, cree que porque tiene la gran masa de fortuna reunida, no tiene nada más de qué preocuparse.
El Señor llama a este tipo de personas insensatos, es decir, que perdieron el sentido. El insensato está cerrado a la presencia, a la intervención de Dios. Piensa que solo él y su fortuna pueden resolver su vida.
¿Podemos acumular riqueza?, sí. ¿Es necesario tener bienes materiales para nuestro desarrollo y vivencia en el mundo?, sí. No podemos resolver los problemas y necesidades que tenemos como seres humanos si no tenemos el mínimo material indispensable para la salud, la alimentación, el bienestar familiar, etc.
Cristo no se opone a esto, sino que nos previene de la insensatez, de la locura que puede producir en nosotros la posesión de los bienes, pensar que en esto está nuestra seguridad y nos dejamos de preocupar de hacer las cosas que agradan, que glorifican, que dignifican nuestras personas delante de Dios.
Al que tiene y acumula riquezas se le dificulta la relación con Dios y actúa como si Él no existiera, como si
no fuera necesaria su presencia, porque el rico así piensa, que puede solo, que tiene lo suficiente para resolver sus problemas y, entonces, la relación con Dios se daña y se obstruye.
Pero no solo eso, sino que también entra en dificultad para comunicarse con los demás, al grado que muchas veces no ve sus necesidades y que puede apoyar a remediarlas. No quiere mirar a su alrededor y no quiere compartir con los demás.
El dinero, poseído en avaricia, nos hace ciegos en nuestra relación con Dios, y nos hace insensibles en nuestra relación con los demás, y toda la confianza se deposita en la riqueza.
Acumular bienes sin saber para qué son, es vana ilusión. Los bienes deben servir para hacer las cosas que agradan a Dios y para hacer el bien a los que más lo necesitan.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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