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Tomás de Híjar Ornelas

Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara

¿Cuántas veces puede nacer una persona? Una, aunque se dé el caso de un moribundo que se libre de forma extraordinaria de la muerte. “Volví a nacer”, le habremos escuchado a quienes han sorteado tal situación, pero no deja de ser una frase hecha, pues la realidad es que sólo tenemos un nacimiento.

El viernes 5 de enero de 1532

Tal día nació la Guadalajara de Indias y la fundó, como lugarteniente del Gobernador del Pánuco, Nuño Beltrán de Guzmán, su capitán Cristóbal de Oñate en algún sitio de lo que es hoy el municipio de Nochistlán, al sur de Zacatecas, dándole el nombre de la patria chica de su señor, la Guadalajara de Castilla, en las cercanías de Madrid, cuyo nombre, de etimología árabe, quiere decir ‘Valle de Piedra’ (wādi al-ḥiŷara), con el título de villa y algo más de 42 vecinos, esto es, algo más de una cuarta parte de los expedicionarios peninsulares que en pos de don Nuño cruzaron a principios de 1530 la frontera occidental del señorío purépecha, el Río Grande (Lerma/Santiago), en la ciénaga de Chapala, y pudieron instalarse en el asentamiento de Tonallan gracias a la buena acogida que allí les dieron.

La estrategia del Gobernador del Pánuco –población que debe su nombre al serpenteante caudal que desemboca en el puerto de Tampico– era muy clara: unir su jurisdicción al Atlántico por el oriente y al Pacífico por el poniente, para crear una demarcación que no estuviera sometida a la Nueva España. Así nació el Reino de la Nueva Galicia a la vuelta de un año, pero la anhelada ruta que en su imaginación quiso trazar Guzmán nunca pudo cerrar su periplo.

8 de agosto de 1533: Guadalajara se muda al valle de Tonalá

Fue el propio don Nuño, de paso por la villa cuyo patronímico le era tan familiar, el que aconsejó mudarla de sitio. Esto pasó en mayo de 1533, ante dificultades tan graves para sus moradores como la escasez de manantiales y la hostilidad de las culturas que controlaban esa comarca y al efecto nombró tres comisionados, Miguel de Ibarra, Alvar Pérez y Santiago de Aguirre para buscar un sitio más favorable, siempre y cuando no cruzaran la barranca por el viento sur y el sitio elegido fue Tlacotán, pero los vecinos no se mostraron conformes y contrariando las instrucciones de don Nuño, en agosto de 1533 se mudaron a las cercanías de Tonalá.

Cuando lo supo, el jefe de la expedición, que peleaba el título de Marqués del Valle de Tonalá, tuvo motivos para obligar al vecindario a cumplir con lo pactado y en términos tan enérgicos debió hacerlo que cogiendo sus bártulos aquellos primeros guadalajarenses tomaron posesión de Tlacotán, al otro lado de la barranca.

Antes de marzo de 1535

En una fecha precisa que no sabemos,  pero sí muy a principios de 1535, los vecinos de Guadalajara reubicaron su villa en el lugar apenas señalado. Para remunerar honoríficamente sus fatigas, el emperador Carlos V le dio al poblado, el 9 de noviembre de 1539 el rango de ciudad y la dotó de escudo de armas. Pero eso nunca lo supieron ellos sino cortos años después. Lo que sí salvaron fue la vida, pues el 28 de septiembre de 1541 le pusieron sitio al pequeño burgo, protegido a lo más por una corta muralla de adobe, los insumisos adheridos a la Guerra de los Peñoles, que es como decir, las culturas locales seminómadas, que encontraron insoportable vivir congregadas en pueblos y subsistiendo no ya de la caza y la recolección sino de la agricultura, la ganadería y los oficios.

De la muerte les salvó su valor, pues el número de los defensores era insignificante ante el de sus adversarios y sus recursos bélicos ínfimos, aun cuando contaran en su haber algunas pocas y muy rudimentarias armas de fuego, pero tan ruda experiencia les determinó a cruzar de nuevo la barranca y ocupar el centro del dilatadísimo valle de Atemajac, como determinaron hacerlo aun a sabiendas que se malquistarían para siempre con don Nuño.

Les salvó de ello que el expedicionario ya no volvió sobre sus pisadas, estableciéndose en Valladolid, donde despachaba la Corte. Allí morirá en 1558, frisando ya la edad septuagenaria y no sin antes coincidir en tal ambiente con uno de los caudillos de la insumisión de los indígenas, Francisco Tenamaxtle.

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