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Hermanas y hermanos en el Señor:

Hemos disfrutando de la alegría de la Pascua de la Resurrección, y nos encontramos con el mensaje que sintetiza y abraza lo más importante en la vida cristiana de un discípulo de Jesús: el amor.
El amor viene de Dios Padre a través de su Hijo, que nos lo envió para que nos salvemos por Él. Dios es amor, y es su fuente.
Esta manifestación del amor infinito de Dios se puede desperdiciar por nuestra indiferencia, pero si somos auténticos discípulos de Jesús, nos corresponde amar como nos ha amado el Padre y como nos ha amado el Hijo.
Al amor lo identificamos con la atracción afectiva hacia otra persona, o como la inclinación natural a alguien, y que –a veces– se manifiesta en signos desordenados.
No es éste el amor que nos da Dios, sino que para Él somos una opción definitiva para amarnos. Nos ama porque es amor, no porque espere nuestra correspondencia o que se lo paguemos de alguna forma.

Su amor es gratuito, es fiel, para siempre, permanece más allá de nuestras infidelidades.
Su amor no nos esclaviza ni elimina nuestra libertad. No es un amor que destruye nuestra personalidad o autenticidad.

Dios nos ama seamos como seamos, nos comportemos como nos comportemos. Su amor siempre estará ahí, fiel y constante. No puede actuar de otra forma. De ese amor estamos hablando como centro y como esencia de la vida cristiana.
Jesús nos dice que amar a los que nos aman, a los que les caemos bien, o a los que están con nosotros, no tiene ningún mérito. En cambio, amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen, a quienes nos hacen y nos desean el mal, es la manera como Dios nos ama.

Para que seamos testigos del amor de Cristo necesitamos manifestar el amor que recibimos gratuitamente –infinito de Dios– en nuestra manera de relacionarnos con los demás y de reconciliarnos.

Démonos cuenta que actualmente hay muchas muestras de desamor y hasta de odio en el mundo. También en nuestro país hay muchas señales de división y de rencor entre los que deberíamos estar unidos en la búsqueda del bien de todos, en paz, en armonía, en fraternidad.
¿Por qué se da este marcado desamor en nuestro país? Porque se nos olvida que somos discípulos del Maestro, que nos amó hasta el extremo de dar la vida por nosotros, se nos olvida que el mandamiento más grande que nos dejó es el amor, y no con un amor de palabra, interesado y pasajero, sino como una opción fraterna, porque somos hijos de un mismo Padre que nos envió a su Hijo, que nos amó hasta el extremo dando la vida por nosotros.

Revisemos nuestra vida cristiana en relación al mandamiento central del amor, que nos distingue como verdaderos discípulos de Cristo.

Si hay algo de qué pedir perdón y arrepentirnos, arrepintámonos. Si hay algo que re-orientar en nuestra vida, hagámoslo, para ser verdaderos discípulos de Jesús y testigos de su amor, en un país dividido y enfrentado, marcado por el signo del rencor.
Que seamos apóstoles de su amor, a la manera como nos ama Dios en su Hijo Jesucristo.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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