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Denisse Arana Escobar

La mujer es formadora por vocación; en sus cualidades orientadas a dar vida y a conducirla a su plenitud, encontramos una tendencia natural a humanizar la sociedad, la familia, los ambientes y todo espacio de convivencia humana con el que toma contacto.
La Iglesia, que es madre y educadora, encuentra en ella una aliada para su
misión, donde la formación es necesaria para todos. Por una parte, atendiendo las etapas de vida de las personas y todo lo que ello implica, y por otra, el caminar juntos como Iglesia.

Cuando hablamos de formación, no nos referimos solamente a educar,
sino a un proceso más amplio que abarca todos los ámbitos de la vida. Este aporte tan especial de la mujer es necesario y entusiasta.
Es una exigencia que, más que ser sombra en su vida, es un llamado
que da luz, eleva y presupone todas las cualidades que Dios ha sembrado en su corazón.

Como Iglesia, hemos emprendido un camino sinodal, y es importante
propiciar la participación femenina, desde los distintos ministerios y vocaciones en los diálogos, la escucha, las propuestas, el discernimiento, las de cisiones y las acciones. Abrir espacios para el aporte desde su ser femenino, para ayudar a formar y reformar.
Formar, para propiciar un desarrollo integral de las personas, uniendo profundamente la fe y la vida.
Reformar, para generar procesos que abonen a modificar, mejorar, enmendar, actualizar o innovar los caminos pastorales como Iglesia.
La mujer, desde su esencia, con su forma de trabajar, aporta delicadeza y
ternura, permite y propicia la transformación gradual de los procesos,
da calidez y humaniza el ambiente.

Cómo no pensar en tantas mujeres que han sido formadoras y reformadoras.

  • María, educadora, discípula y madre de Jesús, con una fuerza que solo se comprende desde el corazón sencillo y humilde.
  • Santa Teresa de Jesús, mística, doctora, formadora y reformadora de la Iglesia, acompañante y consejera.
  • Santa Clara de Asís, reformadora de la Iglesia quien, desde la obediencia y el diálogo, abrió vías para nuevas formas de vida consagrada femenina en la Iglesia.

Y, más cerca aún, la Beata Conchita Cabrera, mexicana. Una mujer formadora por naturaleza, de una vida ordinaria extraordinaria, cuya flama apostólica generó mucha vida en la Iglesia de su tiempo, y aún hasta nuestros días.
Modelo incomparable de la mujer de hogar y gran modelo del laicado. Amó a la Iglesia profundamente y, en ese amar natural y ordinario, formó y reformó su entorno desde su familia, laicos, Sacerdotes, Obispos y Congregaciones.

Hoy en día, muchas mujeres aportan a la renovación de la Iglesia. En Soñemos juntos, el Papa Francisco se plantea: ¿Es posible que la perspectiva que aportan las mujeres en este tiempo sea la que hoy necesita el mundo para hacer frente a los retos que se avecinan? ¿Es posible que el Espíritu nos esté invitando a reconocer, valorar e integrar el pensamiento nuevo que algunas mujeres están trayendo en este momento?
La realidad nos muestra que, aun las más, aportan desde lo ordinario de su vida y apostolado, y solo algunas, en espacios de decisión.
Sin embargo, llenas de esperanza seguimos dispuestas a construir todos, la Iglesia que Cristo quiere.

Mtra. Denisse Ma. Arana Escobar, directora general del Instituto de Formación para Laicos Arquidiócesis de Guadalajara.

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