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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los relatos del nacimiento de Jesús están todos bajo el común denominador de los caminos que hay que andar y en ocasiones, construir, este caminar no siempre es claro, luminoso y conocido. María y José no tienen una dirección concreta a la cual llegar, los magos se aventuran siguiendo una estrella que a veces se oculta, los pastores deben igualmente buscar en la noche, y el camino de Egipto no forma parte de la experiencia de la sagrada familia, es una novedad inesperada, ajena y lejana, llena de riesgos, pareciera que la llamada de Dios es siempre una odisea donde la meta es evidente pero no el sendero para llegar a ella.
Por lo mismo, la Navidad es una invitación para que la propia Iglesia con toda su carga institucional, salga de sus seguridades anquilosantes y se arriesgue a seguir caminos que ignora, de otra forma ¿cómo recuperará el misterio?
La luz de Dios tiene la fuerza suficiente para guiar a la comunidad cristiana desde un pasado conocido hacia un futuro cambiante.
El éxito en este caminar supone aprovechar los valores de la propia experiencia histórica, y los valores del momento presente, simbiosis que hace brotar un enorme potencial.
Fijar la identidad clara y genuina al margen de ideologías político religiosas, creando un presente dinámico que nos abra al futuro, pensándonos en él de manera proactiva, es el puente que nos conecta con la vida real y nos hace dejar atrás las falsas seguridades en que suelen confiar las mentes envejecidas.
Esta identidad no es división o supremacía, sino la sana diferenciación, no un capricho endogámico sino un camino de sobrevivencia.

Dejemos de perpetrar una “nación católica”, ajena a la voluntad de Cristo, y construyamos un florilegio de diócesis cristianas, en el pleno sentido de la eclesiología conciliar.
Para alcanzar este objetivo hay condiciones básicas: reconstruir el tejido eclesial diocesano erosionado por la pérdida de identidad y la incapacidad para ubicarnos en una nueva realidad colmada de oportunidades, generar cohesión y sinergia en un presbiterio deshilvanado por la apatía, el individualismo pastoral y la crisis de espiritualidad.

Advertir los riesgos ambientales: en el entorno gobiernos repetitivos ajenos a las necesidades vitales de la gente, en lo interno, una permanente migración desde la Iglesia hacia otros continentes de creencias y prácticas religiosas, incluso un cansancio de los medios de la gracia de los que ya cuesta trabajo obtener la vida.
La superación del pesimismo paralizante exige de propuestas creativas y creíbles, una certeza de permanencia verosímil y el impulso para lograrla desde una sólida recuperación de la propia identidad, sin este previo ningún plan diocesano puede dar fruto.
Miguel Ángel no basó su creatividad en la propia capacidad sino en la capacidad de sus materiales para manifestar la belleza que llevaban oculta, debemos confiar en el potencial de este pueblo de Dios que conforma la diócesis de Guadalajara, y liberarlo de todo aquello que le impide manifestar sus capacidades.

armando.gon@univa.mx

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