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Juan López Vergara

Nuestra Madre Iglesia dispone un pasaje del santo Evangelio, que contiene tres parábolas y la explicación de una de ellas (Mt 13, 24 43). Nos referiremos a la primera con su explicación (vv. 24-30), en la que Jesús subraya que el “Reino de los cielos”, es decir, el generoso proyecto de Dios necesita tiempo para su instauración. Y, resalta la infinita paciencia del Señor, que se traduce en bondadosa espera.
LA BONDADOSA ESPERA DEL SEÑOR
En la parábola de la cizaña son dos los personajes principales: un hombre que ha sembrado buena semilla en su campo (véase v. 24), y un enemigo de él, que mientras sus trabajadores dormían: “sembró cizaña entre el trigo y se marchó” (v. 25). Cuando brotó la hierba, los criados se dieron cuenta de la cizaña y, enseguida, preguntaron:
“Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?” (v. 27).
Los criados, entonces, ofrecieron a su amo ir a cortarla (véase v. 28). Pero él ordenó:

“No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego almacenen el trigo en mi granero” (vv. 29-30).

En esta parábola se manifiesta la bondadosa espera del Señor.

EL SEÑOR NOS RECIBE CON LOS BRAZOS ABIERTOS
Hace unos años prediqué unos ejercicios espirituales con los Monjes benedictinos. Un día de la semana meditamos en torno al santo sentido del humor de Jesús. A petición expresa del Prior, sorpresivamente, para concluir esa jornada en que participaron con mucho gusto los monjes compartiendo sus experiencias, conté un chiste:
“Era un paciente que por primera vez acudía al psiquiatra. Al estar abriendo la puerta dijo: ‘Doctor, sospecho que tengo doble personalidad’. El psiquiatra le contestó: ‘Pase, ahora mismo nos bebemos un vino los cuatro’”.
Al día siguiente, durante el coloquio en que poníamos en común nuestras experiencias con el Señor durante los ejercicios espirituales, sorpresivamente, un monje se refirió al chiste: “Cuando voy a orar, llevo ante el Señor a los dos monjes que habitan en mí. El monje que en realidad soy, con mis dones, contrariedades y miserias, y el monje que estoy llamado a ser por la misericordia de Dios. Él con su inefable bondad nos recibe con los brazos abiertos”.
El testimonio de este monje nos mostró la maravillosa confianza de que nada puede superar la bondad de Dios.
Muy apreciables lectores, para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, propongo un texto muy antiguo, entre los “mandamientos” que oye el Pastor, Hermas incluye el de saber esperar: “La paciencia es dulcísima, más que la misma miel, útil para el Señor, y en ella mora Él. En cambio, la impaciencia es amarga y sin provecho” (Pastor de Hermas, Mand. V, 1,6).

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