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Hermanas y hermanos en el Señor:

La Resurrección de Jesucristo es la alegre noticia que la Iglesia, nuestra Madre, nos proclama en este tiempo pascual, con la certeza de que el Señor murió, pero venció la muerte, y vive para siempre. La Pascua nos habla con distintos signos, y nos hace entender de diferente manera, esta gran verdad, que Jesús resucitó. En primer lugar, el signo de la luz. Bajó el Señor a lo profundo de las tinieblas de la muerte, pero con su Resurrección, traspasó las tinieblas de la muerte, y las despejó para siempre.

La carga que tiene la muerte en nuestro ánimo, esa oscuridad que la acompaña, esa impotencia, esa pena, ese dolor que produce en nosotros, ha sido extirpado.

Otro elemento es la Palabra de Dios, que nos habla de la historia de su salvación en favor de nuestra humanidad. Él siempre ha estado comprometido, fiel y cercano con nosotros, no obstante nuestras infidelidades.

Ahora, con la Resurrección, nos da la respuesta definitiva de lo que nos espera, la vida plena, la vida verdadera.

Otro elemento es el agua, en recuerdo de nuestro Bautismo. Cristo pasó por las aguas de la muerte y resurgió victorioso. Esa verdad la poseemos a plenitud porque también nosotros hemos pasado por las aguas del Bautismo, y en ellas hemos sido sepultados con Cristo, y de esas aguas hemos resurgido criaturas nuevas, de verdad hijos de Dios.
El día de nuestro Bautismo vivimos este misterio, en el que se sembró en nosotros una semilla que, a lo largo de nuestra vida, tiene que ir creciendo, madurando, viviendo coherentemente con lo que el Bautismo nos dio.

Así es como debemos vivir todos los días, muriendo al pecado, en cualquiera de sus formas; muriendo al mal que nos daña y que daña a los demás.

Que sepultemos en nosotros todo lo malo, y resucitando criaturas nuevas, con la dignidad y la libertad de ser, en verdad, hijos de Dios.
Y un día, cuando termine nuestra peregrinación por este mundo, sabemos que nos espera la participación plena en el camino que nos trazó Jesucristo con su Resurrección.
Ésta es la esperanza para nuestros seres queridos, que participen del triunfo de la vida eterna con Cristo. Vamos caminando a morir, una sola vez, pero para pasar a la plenitud de la vida para siempre.
Durante 50 días vamos a cantar “¡Aleluya!”, un canto de gozo, un canto de esperanza, de certeza de que Jesús volvió victorioso de las tinieblas de la muerte y vive para siempre.

El signo más grande de la presencia viva de Jesucristo es la Eucaristía.

Diseñó la forma de morir, de resucitar y de quedarse vivo y presente entre nosotros, para darnos su misma vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.
No nos dejemos doblegar por la desesperanza. Hay muchos signos de muerte, pero Cristo ya la venció. Hagámonos, junto con Él, testigos de la vida, apostemos por la vida, por hacer siempre signos, palabras, gestos, trabajos que nos den vida y den vida a los demás.
Sigamos pregonando con mucho gozo y con mucha esperanza el triunfo de la Resurrección de Jesucristo.


Yo les bendigo en el Nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo

@arquimedios_gdl

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