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Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra.

~Papa Francisco

FERNANDO DÍAZ DE SANDI

Las relaciones humanas son complejas; cada cabeza es un mundo, una maraña entreverada de personalidad, pensamientos, creencias, ambiciones y metas, intereses que, a veces nos unen, pero que también, en una gran proporción, nos dividen, separan y hasta nos contraponen en medio de desacuerdos y desavenencias que resultan en enfrentamientos y conflictos que rompen con la armonía en los hogares, trabajos y sociedad en general.
Y es que la paz no debe entenderse sólo como la ausencia de conflictos, sino como el estilo de vida de los hijos de Dios y el estado anímico más funcional, de mayor proyección e impulso para el ser humano. La paz es el ambiente natural en que se mueve y ordena el universo y las leyes naturales. Es en el silencio de la noche que brilla la luna, es en la calma de un vientre fértil donde se teje la vida, es en las pausas entre notas que surge el ritmo de una melodía; y es en la paz del corazón donde todo se ilumina, se transforma y se recrea.

La paz es entender que somos distintos, que hay formas diferentes de interpretar una misma realidad.
Es reconocer que hay opiniones y perspectivas diversas con las que debemos aprender a convivir y compartir, pero que también existen valores, principios y normas que no son negociables, como la vida y la dignidad de la persona, el sentido de identidad y pertenencia, la justicia y la equidad, la libertad, entre otros derechos y obligaciones necesarias para generar un clima que propicie el crecimiento y desarrollo de las personas y la sociedad.
Contrario a lo que pudiera pensarse, lo contrario a la paz no es la guerra, sino el miedo…

El característico saludo de Jesús a los discípulos remarca la realidad de la paz como el deseo vivo del Maestro, de Dios para sus hijos: “La paz sea con ustedes”, palabras que expresan, además de un auténtico anhelo mesiánico, el bien mayor, el verdadero y efectivo recurso para facilitar las relaciones humanas y garantizar nuestro bienestar como personas y como miembros de una Iglesia, semilla de paz, porque la paz es el cimiento del Reino de los Cielos.

Pero la paz no se compra, no se logra, no se busca ni se encuentra; la paz es una forma de estar en la vida, agradecer el privilegio de estar vivos y el pan nuestro de cada día, perdonar a los que se equivocan y ser jueces menos críticos y severos de nosotros mismos; la paz está en reconocer que no lo sabemos todo, que siempre podemos aprender de otros. La paz es fruto directo de la fe, de confiar en el Dios providente que nos asiste, el Dios misericordioso que nos perdona y el Dios Padre que nos hermana a todos.

Por eso se requiere tanta valentía para lograr la paz: porque implica reconocerse en toda la dimensión de nuestro ser esencial, con todo lo que somos, pero también todo lo que no somos; con todo lo que tenemos, pero también con todo lo que no tenemos.

Ojalá y llegue el día en que cada hogar se convierta en un taller artesanal de personas pacíficas, sembradoras de paz, y no en una fábrica de humanos en serie, hechos para producir y ganar riquezas, a veces a cualquier costo, incapaces de reconocer la paz como el mayor bien al cual se aspira en esta vida…

La paz sea con nosotros…

@arquimedios_gdl

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Papa Francisco

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