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Es importante que reflexionemos en el significado del Reino de Jesús, para reavivar nuestra fe en Él. Su
Reino no tiene nada qué ver con los reinados de este mundo.
Si juzgamos el reinado de Jesús con la forma en la que manejan el mundo los potentados, el señorío de Jesús es insignificante, pareciera que no tiene ningún valor, socialmente hablando.
Es más, por el ambiente de descristianización que experimentamos y por la tibieza con la que vivimos nuestra fe, Jesús no tiene influencia tampoco en la vida de muchos creyentes.
¿Qué sentido tiene, entonces, hablar del Reinado del Señor? En primer lugar, Jesús no es un potentado de fuerza humana, ni un gigante de las estructuras del mundo, sino un modelo de Hijo confiado en su Padre.

Hablar del Reinado de Jesucristo es entender que Dios quiere ser para nosotros un Padre que nos ama, nos acompaña y nos salva, y que espera que nos comportemos como sus hijos.

Que si somos hijos de un mismo Padre, entonces nosotros somos hermanos. Esto es el Reino de Dios.
Además, al señalar el Señor que el Reino de Dios está ya presente, entendemos que se refiere a Él mismo, es decir, Jesús es el mismo Reino de Dios.
En Él, Dios reina en el mundo, en la creación. Con ninguna criatura se ha manifestado tan verdadero Padre como en Él (“Tú eres mi Hijo amado en quien tengo todas mis complacencias”, lo señaló en el río Jordán). Ninguna criatura alcanza a comportarse como el Hijo de Dios. Jesús encarna, pues, el Reino de
Dios.
Por otra parte, este Reino está presente en cada uno de nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Ahí nos adoptó como hijos y nos reconoció como tales en su Hijo, y quedó sembrado el Reino en nosotros.
Lo que hace falta es que manifestemos con nuestra manera de pensar y de actuar que somos hijos de Dios y que somos hermanos. Por eso dice Jesús que los frutos del Reino son la paz, la justicia, el amor, la vida, la santidad.
Lo mejor que puede haber en el corazón del hombre, son los frutos del Reino de Dios en nosotros. Hace falta que los descubramos, los reconozcamos y los vivamos.

En una nación –México– fuertemente enfrentada y polarizada, nosotros discípulos de Jesucristo no podemos olvidar esta verdad: somos hijos del mismo Padre, hermanos.

Por más marchas que haya en un sentido o en otro, por una razón o por otra, somos hermanos. Ésta es la aportación que podemos hacer a nuestra sociedad y al momento histórico que vivimos.

No podemos los cristianos echarle más gasolina al fuego, descalificándonos, ofendiéndonos, distanciándonos. Los potentados de la política son artistas en esto, porque los rigen otros principios y otros intereses, pero los discípulos de Jesús, no.

Nosotros debemos permanecer por encima de mezquinos intereses que, muchas veces, la política equivocada fomenta.
Digo ‘equivocada’ porque la verdadera política debe ser una actividad humana que resuelva problemas, pero cuando la actividad política se pervierte y nos mira como enemigos, no debemos caer en esa trampa, y aportar lo mejor que somos, ser hijos de Dios, hermanos.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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