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Mtro. Arnold Omar Jiménez Ramírez

El proceso electoral 2024 está en marcha. Durante semanas se inundaron las redes sociales, la radio y la televisión de los spots (comerciales) de partidos políticos y de candidatos, literalmente ofreciéndonos “el cielo, el mar y las estrellas”. De hecho, la campaña empezó mucho antes de los tiempos electorales, acelerado desde la Presidencia de la República, con el juego de las famosas corcholatas. Tenemos pues, prácticamente, más de un año, escuchando una y otra vez, aquí y allá, las cosas y los intereses de los partidos.
Es cierto que una actitud generalizada de la ciudadanía mexicana frente a la política es la apatía, la indiferencia y hasta el enfado. Hay quien, al estar escuchando la radio y de pronto aparece un spot político, cambia de estación o le apaga, el pretexto: “todos son iguales, y no me interesa la política”.
Es entendible el descontento de la ciudadanía. Algunos dicen que es un desencanto de la democracia, aunque pudiese ser también un desencanto de los políticos que llegan al poder por la vía democrática. Lo cierto es que, no podemos ni debemos ser indiferentes de la cosa pública, por más desencanto que esto nos pueda generar. En efecto, uno de los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia es el de la participación. El Magisterio social afirma que: “La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia…” (CDSI, 109). En este sentido, la familia, juega un papel fundamental por varias razones:

La primera es que la familia es escuela de sociabilidad. Lo que las personas hacemos en la sociedad (nuestra forma de comportarnos, de relacionarnos, la manera de cumplir nuestras obligaciones) es lo que en casa hemos aprendido.
Si en casa escuchamos que la política es mala, que todos los políticos son malos y que lo mejor es “ponerse a trabajar y dejarse de chismes, porque todos son iguales”, seremos indiferentes ante el fenómeno de la política. Lo más seguro es que, frente a algo tan trascendente y fundamental como lo es la cosa pública, asumamos una actitud de indiferencia. Una prueba fehaciente de ello es que, del año 2000 a la fecha, el abstencionismo entre los jóvenes es del 60 por ciento; ciertamente un porcentaje muy alto y una, actitud irresponsable que seguramente se aprendió en casa.
La segunda razón es que, como afirma la Exhortación Postsinodal de Juan Pablo II, Familiaris Consortio, la familia es escuela de virtudes y principios.
Un ciudadano, un político, que se formó bajo estos parámetros, será un buen ciudadano y también un buen político.
México atraviesa tiempos complejos y cruciales. No hay espacio para la indiferencia y apatía. En las familias debemos promover la preocupación por las cosas que pasan en el mundo, en nuestro país y en nuestro estado. La fe tiene una dimensión social que nos obliga a mirar la realidad bajo la perspectiva de que somos los ciudadanos los verdaderos protagonistas del bien común, de la construcción de una mejor sociedad.

Por ello, es muy sano que, en familia, hablemos de política, sin miedos, sin apasionamientos, de una manera siempre respetuosa e informada. En estos tiempos electorales, no tengamos miedo de dialogar sobre los candidatos, de los partidos y sus propuestas. Sin canonizar a uno o condenar a otro, sino bajo la mirada de la fe, cuyo valor principal es la dignidad de la persona humana. Hablemos de política, podríamos empezar por preguntarnos y ver si nuestra credencial para votar está actualizada.

@arquimedios_gdl

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