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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Inventar el hilo negro ha sido un deporte practicado por todos en todos los tiempos, debido al desconocimiento de la historia, eso mismo nos ocurre hoy día con el tema de la sinodalidad que nos parece la novedad del siglo XXI, cuando que la sinodalidad ha sido una estructura permanente de la Iglesia desde sus orígenes. Cierto que esta sinodalidad ha sido como el acordeón que a veces se expande y a veces se contrae, que al principio incluía a toda la comunidad, y luego se fue restringiendo a la jerarquía, para de nuevo abrirse en nuestros días a todos los bautizados, algo que no es tan nuevo, viene del Concilio Vaticano II.
Pero la Iglesia en México nació y se desarrolló en un clima de absoluta sinodalidad. Recordemos que sólo en el siglo XVI hubo 5 juntas eclesiásticas y tres concilios provinciales, en palabras actuales, no técnicas, ocho sínodos entre 1524 y 1585, en muchos de los cuales participaron los laicos, junto con religiosos, clérigos diocesanos, Obispos y provinciales, casi un sínodo cada 7 años.
Definitivamente, el primer concilio provincial mexicano de 1555 tuvo mucho que ver con los informes solicitados por el emperador Carlos V sobre los frutos de la evangelización en México, y dado que éstos fueron bastante realistas, provocaron una completa revisión del estado de la misión, de sus métodos, de sus errores y aciertos, de lo que se debía corregir, de lo que había que innovar.

En dichos informes los eclesiásticos constataban que el proceso evangelizador no avanzaba y en algunos casos retrocedía, es decir, muchos indígenas bautizados volvían abiertamente a sus antiguas creencias, mientras que otros fingían ser cristianos, pero no lo eran.
Informes posteriores comenzarán a dar cuenta del fenómeno del sincretismo, es decir, la mezcla de creencias paganas con creencias cristianas en que incurrían los indígenas, pero también la crisis cultural que vivían, ocasionada por el derrumbe de su antiguo universo, fenómeno ampliamente descrito por Motolinía en su carta de 1555 al emperador Carlos. Ahí se hace notar la pérdida de valores de los moradores originarios, la depresión crónica que padecían, el total desinterés por la vida, su escape a través de los vicios, y ese quedarse sin lo antiguo que lo veían perdido, y sin lo nuevo, que no entendían ni aceptaban.
Este cúmulo de complejas realidades no podía serasumido de manera individual por los misioneros, se hacía necesaria la sinodalidad, y la vivieron desde el primer momento.
Estas ocho asambleas del siglo XVI son una muestra clara del modo en que la sinodalidad genuina hizo caminar a la Iglesia naciente, bajo la guía de los cristianos viejos de España, en esa construcción del Reino de Dios en América.
No obstante, todos estos esfuerzos, está más que documentada la grave crisis de las misiones que vivió México entre 1552 y 1562, y que llevó a los trabajos de los concilios de 1555 y 1565, ciertamente exitosos.

armando.gon@univa.mx

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