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Jorge Rocha, Académico del ITESO

Hace unos días nos enteramos que, 53 personas migrantes habían muerto sofocados en un tráiler abandonado en el estado de Texas. El camión llevaba a 64 personas de varias nacionalidades (México, Honduras y Guatemala) entre los que se encontraron a cinco menores de edad. El hecho conmocionó a México y Estados Unidos; y volvió a colocar con extrema crudeza la realidad que viven miles de personas migrantes, que buscan una mejor oportunidad de vida en el país vecino del Norte, y que desafortunadamente no encuentran en sus hogares y en sus países de origen.

Ya se ha escrito mucho sobre los casos particulares de las víctimas, y más bien propongo una serie de consideraciones en torno a este asunto donde recurrentemente se presentan estas tragedias:

  1. A pesar de que se han generado algunas propuestas y políticas públicas en los países de origen para contener la salida de migrantes, lo que aparece como una evidencia irrefutable, es que ni México ni los países de Centro América han logrado resolver las causas de la migración y por ende, no han sido capaces de construir dinámicas sociales que retengan a las personas en su territorio. La pobreza y la violencia se perpetúan y esto genera que se mantengan los incentivos sociales para que las personas busquen migrar, a pesar de los riesgos que pueden correr. Es claro que en este campo hace falta mucho camino por transitar y construir, pero se requiere de voluntad política y presupuesto.
  2. Desde hace años organizaciones civiles y eclesiales han documentado que los trayectos migratorios y los mecanismos como se movilizan los migrantes son cada vez más riesgosos, más violentos y generan una situación de vulnerabilidad cada vez más alta en las personas que emprenden este camino. Esta vulnerabilidad propicia que las y los migrantes estén a merced de grupos de delincuencia local, de autoridades municipales y de grupos del crimen organizado. El riesgo al que se exponen es tan alto, que los migrantes aceptan cualquier tipo de estrategias para “pasar al otro lado” a pesar de poner en riesgo sus vidas y a su llegada al destino, también aceptan condiciones de trabajo cada vez más precarias.
  3. El negocio de “pasar” migrantes sigue boyante. Lo que presenciamos hace unos días nos muestra que los métodos para que personas sin documentos se internen en los Estados Unidos son cada vez más sofisticados, más peligrosos y donde la sospecha de complicidades de autoridades, en ambos lados de la frontera se mantiene. Además, como en otro tipo de delitos, la impunidad es rampante y no se castiga, ni en México ni en Estados Unidos, y por ello este tipo de prácticas permanece.
  4. En la tragedia derivada de la migración forzada, desde hace años los únicos actores sociales que documentan, denuncian, informan, proponen y dan ayuda humanitaria, son organizaciones de la sociedad civil y agrupaciones de la Iglesia Católica, que visibilizan las dinámicas de violencia que existen y que plantean políticas públicas que ayuden a resolver este asunto. Frente a ello la posición de los diferentes órganos de gobierno ha sido inconsistente, omisa en algunos casos y en el ámbito federal, existe una preocupante sumisión a lo que se dicta desde Washington. Hace algunos años algunos pensamos que la llegada de Joe Biden y de Andrés Manuel López Obrador abriría caminos en este problema, pero lo que es un hecho es que el estado de cosas sigue igual, la migración no da tregua y las dinámicas de violencia persisten.

Cada vez que sucede una tragedia de esta magnitud, el tema se coloca en la agenda, la indignación social se manifiesta, pero no pasa nada y las cosas siguen su rumbo. Espero que esta vez, no suceda lo mismo y que de una vez por toda, los gobiernos de México, Estados Unidos y de los países centroamericanos construyan una agenda migratoria donde los derechos humanos sea el principio rector y no se parta desde una lógica de seguridad nacional criminalizante e inhumana.

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