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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Ante los pobres y contradictorios resultados del proceso evangelizador desarrollado entre 1524 y 1565, Obispos y misioneros tomaron la decisión de fortalecer las estructuras, lo cual suponía convencer a los indígenas de vivir congregados en pueblos, los cuales estarían diseñados y organizados de tal manera que paulatinamente fueran haciendo entrar a todos en el tiempo y el espacio de la fe cristiana.
El centro de esos pueblos será el templo con sus dependencias básicas: escuela, taller, enfermería y hospedería. Frente al templo, el atrio y una gran plaza que sirviera para los mercados periódicos que se acostumbraban. La tutela del tiempo corría por parte de las estructuras, de manera que en todas partes los toques de campana a las 6, 12, 3, 6 y 9, tuvieran el mismo significado y se hicieran de igual forma, lo mismo en las misiones del norte de México que en los pueblos del sur.
La normativa acerca de lo que hoy se denomina “imagen pública” era idéntica en todas partes, de acuerdo a los tiempos litúrgicos y al rol de fiestas religiosas a lo largo del año; si en el territorio no todos hablaban la misma lengua, todos –sin embargo– manejaban un mismo idioma visual, y esta unidad de imagen era en sí misma un mensaje que estructuraba mentalidades y hábitos sociales.
Esta ingeniosa apuesta por las estructuras tuvo un éxito notable y fue la clave de la consolidación de la Iglesia ya visible en la segunda mitad del siglo XVII, porque hubo unidad de criterios en Obispos, Sacerdotes y misioneros.

Hoy parece que la apuesta es justo lo contrario, lo vemos a propósito de la Cuaresma y del Triduo Pascual. Opiniones encontradas, criterios poco explicados, y un exceso de individualismo pastoral provoca que el ayuno y la abstinencia casi signifiquen cosas distintas en cada Parroquia, y la excepción, es decir, la sustitución de unas expresiones por otras, se vuelva la regla, perdiéndose la fuerza que tuvo, en otro tiempo, la unidad en las prácticas y los rituales.

Cubrir las imágenes en los templos tenía un impacto mediático significativo, era un magistral manejo de los simbolismos exteriores que no dejaba indiferente a nadie, costumbre que hoy algunos recuperan, pero otros no, y así se sigue mostrando una pastoral capillista que echa a perder la fuerza del mensaje.

Que las campanas de todas las iglesias se repicasen a una única y misma hora tenía su sentido y envolvía a todos en la comprensión de un acontecimiento, la Pascua, otra práctica perdida, pues ni siquiera en un sólo decanato se pueden poner de acuerdo en este tema y así, lo mismo da adelantarse a las siete de la tarde que a las 8, 9, 10 y media, etc. ¿Pastoral Montessori?

Por supuesto que las matracas fueron abandonadas, siempre al impulso del criterio más dominante, la flojera. Por eso no logramos los frutos que nuestros antepasados cosechaban en abundancia, pues lo mismo supieron cuidar el fondo que la forma.

@arquimedios_gdl

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