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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La vocación a la vida consagrada, sea en la contemplación de los monasterios, en la vida religiosa, de los institutos seculares o de las sociedades de vida apostólica, es una llamada a vivir en comunidad la oblación total y exclusiva a Dios, es una gran riqueza para la Iglesia particular, porque, como nos lo dice Lumen Gentium 44, son un signo de adelanto del Reino de los cielos, pues manifiestan los bienes celestiales, la futura ciudad del Pueblo de Dios, la libertad de espíritu en su vivencia cotidiana de los votos de pobreza, castidad y obediencia.
Los religiosos, en cuanto una riqueza para la Iglesia, no están fuera o frente a la Iglesia particular, sino que están insertos en ella, conservando hacia el interno la regla bajo la cual viven su propio carisma, pero en comunión con el Obispo y la Iglesia particular, con la que comparten la pasión por el Reino de los cielos, en concreto en el seguimiento del proceso pastoral de la Diócesis en la cual viven su consagración.
La Iglesia particular debe agradecer a Dios por lo bueno y lo mucho que realizan los religiosos con su presencia en la Iglesia, por su creatividad pastoral, por su profundización teológica, por adelantarse a estar en las periferias existenciales del territorio diocesano; y los religiosos deben agradecer que la Iglesia particular los acoge con amor fraterno y cercanía, haciéndolos sentir como en propia casa.

San Juan Pablo II, convocó, presidió el Sínodo sobre la vida consagrada y publicó la exhortación apostólica sinodal

“Vita Consecrata”, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, de modo que así concretaba y profundizaba la enseñanza del Concilio Vaticano II en orden a este tema y aumentando la reflexión teológico pastoral sobre este don del Espíritu a la Iglesia, que no ha tenido un punto final, pues queda todavía en el escritorio, por ejemplo, el tema de la “Mutuae Relationes”, es decir, cuáles serán las normas canónicas y pastorales que rigen la relación que debe existir entre los presbíteros diocesanos y los presbíteros religiosos para que éstos sean partícipes tanto de su comunidad religiosa como del presbiterio en el que prestan un servicio, aunque sea de forma temporal. Al respecto, es altamente inspirador la imagen, muy hermosa, que utilizaba san Agustín para referirse a la vida de los religiosos en la Iglesia: El monasterio está en el centro de la Iglesia local, porque la Iglesia local está en el centro del monasterio, porque ora y trabaja para que el Reino de Dios se haga presente en el siglo.
En el trabajo pastoral de la Iglesia particular, se debe evitar la tentación del paralelismo de la acción evangelizadora o de valorar a los religiosos más por lo que hacen que por lo que son, así como sólo asignarles un lugar de suplencia, pues a veces parece que sólo lo que no pueden los presbíteros diocesanos se le encomienda a los religiosos.

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