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Fernando Ocegueda García

3ero de Teología

En el marco de la celebración del día del Seminario de Guadalajara, es importante considerar cómo Cristo nos ha amado tanto que ha instituido el sacerdocio para perpetuar su presencia en medio de nosotros, y el que haya sacerdotes debemos apreciarlo como una gracia inmerecida y asombrarnos ante la grandeza de tal misterio.

El Señor en oración elige a sus discípulos para que primero estén con él y luego enviarlos a predicar (Cfr. Mc 3,13s), no eligiéndolos por sus cualidades asombrosas o su santidad intachable, sino porque primero los ha mirado con amor y en ese mismo amor los ha elegido; no ha llamado a quienes ya están capacitados, sino que su amor permanente y transformador irá perfeccionando a esos hombres que, con un corazón a veces dócil y a veces duro, desean responderle, luego de haber experimentado un amor que va más allá de las apariencias y que lo renueva todo: el de Jesús.

Es en este modelo donde podemos considerar la vocación de quienes ahora son sacerdotes y de los seminaristas que se preparan para serlo: antes de todo mérito o de hacer “algo bueno” para merecer el amor de Dios, él ya nos ha mirado con amor y nos ha elegido.

 Entender la vocación como gracia es un misterio incomprensible por nosotros mismos, pero real: Dios es el primero en amar (Cfr. 1Jn 4,10), y solo quien ha experimentado ese amor con fuerza divina, se convierte en alguien dócil a quien el Espíritu Santo puede transformar poco a poco para convertirse, en medio de los hombres, en otro Cristo (por la imposición de las manos y el sacerdocio), para manifestar el Reino de Dios que ya está y se desarrolla de diversas maneras en medio de nosotros.

Todo cuanto recibimos de Dios entra en esta dinámica de la gracia y del don: la salvación, la misericordia, los sacramentos, su amor constante y también el sacerdocio, y solo quien renuncia de corazón a la pretensión de creer que “merece algo” es capaz de experimentar con toda su fuerza esta gratuidad divina, que ni el pecado ni la muerte pueden disminuir, porque su fuente es el corazón de Dios y no nuestros méritos.

Por eso el sacerdocio visto como una gracia, nos debe llenar de confianza y de alegría, de esperanza y fortaleza, porque experimentamos que nuestro buen Padre Dios no deja de mirarnos ni un instante, y cual Padre paciente y amoroso siempre espera nuestra dócil respuesta a su gracia.

Es aquí donde entra una de las misiones más importantes del sacerdote: ser dispensador de la gracia por medio de los sacramentos, y ser portador incansable de un mensaje de esperanza, orando por los alejados mientras sale en su búsqueda (Cfr. Mc 1, 36-39) y mostrando a los cercanos el verdadero rostro de nuestro Padre Dios, reflejando con su vida el amor inmenso que nos tiene, y esto solo podrá hacerlo, en la medida que primero haya experimentado la elección gratuita de parte de Dios, y su corazón reboce de tanta alegría que no pueda guardarse ese mensaje y experiencia para sí mismo, sino que tenga que darlo a otros de forma gratuita, como se ha recibido (Cfr. Mt 10,8).

En este día del Seminario todos los seminaristas nos encomendamos a la oración de cada uno de ustedes, para que sea Dios quien nos transforme en esos pastores que necesita la Iglesia, y que Dios ha dejado como una gracia y regalo para la construcción de Reino de Dios y salvación de todos los hombres.

@arquimedios_gdl

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