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SONIA GABRIELA CEJA RAMÍREZ

“No es mi culpa, pero sí es mi responsabilidad. Hay esperanza, sí se puede vivir bien y tener tranquilidad.
Un día a la vez”, asegura quien estuvo inmersa en el alcohol y las drogas por 20 años.

Hoy Caro se dedica a dar charlas a jóvenes sobre los riesgos del consumo de alcohol y drogas.

Carolina Uribe Lobo–Guerrero nació en Colombia, y desde muy pequeña, sintió el rechazo, primero, por tratarse de un embarazo no esperado, y después porque sus papás deseaban un varón. Aunque luego le explicaron que era una hija amada, sintió desde entonces que no era suficiente.
Este sentimiento creció junto con ella. En la escuela, Caro se sentía rechazada, fea y deseosa de ser aceptada. Buscaba llamar la atención con comportamientos negativos: era grosera, rebelde, mentirosa y un largo etcétera.
UN MAL AMIGO
En la adolescencia se encontró con el alcohol, un mal compañero que se quedó muchos años. “La primera vez que probé el alcohol me emborraché horrible, ahí se me detonó la adicción. Mi papás fueron alcohólicos, mis abuelos, algunos tíos, hay muchísima adicción en mi familia, eso lo vuelve a uno más vulnerable”.
Ese primer contacto fue a los 13 años, en casa de una compañera de escuela.
Estando solas, probaron el alcohol que los padres tenían al alcance de todos.
“Después de varios tragos, sentí el blackout, una laguna mental que no me permite recordar lo sucedido. En ese momento me volví adicta”.
UNO SIEMPRE BUSCA MÁS
A los 15 años su adicción aumentó, pues frecuentemente asistía a fiestas donde se consumía alcohol y esto la hacía sentir relajada: “Ya no me sentía tímida, que no encajaba, por el contrario me sentía desinhibida. Desde entonces sentía que no podía parar. Siempre me pasaba de tragos, era la niña que terminaba en el piso, vomitada, borracha, muy mal”.
Al entrar a la universidad, en las reuniones se encontraba con jóvenes felices y eufóricos, así se dio cuenta de que consumían otro tipo de sustancias. “Yo fui quien pidió tomar drogas.
Probé la cocaína y me gustó. Sentí que anestesiaba mi dolor. La adicción fue apoderándose de mí, quería drogarme cada vez que pudiera. Mi organismo, mi mente, mi corazón, todo me decía ‘quiero más’, como un barril sin fondo”.
UN COSTO MUY ALTO
“Abandoné la universidad, empecé a trabajar, pero por mi estado perdía todos los trabajos. El dinero no me alcanzaba porque todo lo gastaba en drogas. Incluso, comencé a robarle a mi abuela. Años después, cuando comencé mi rehabilitación, intenté pedirle perdón, pero ella tenía alzheimer, así que no pudo reconocerme. Fue algo muy doloroso”.
A los 18 años abandonó su casa. Su familia se desintegró y el contacto hoy es esporádico. “La adicción me costó todo, mi casa, la familia, mis amigos, mis cosas materiales, todo”.
“Lo más fuerte es cuando uno se da cuenta del dolor que les ha causado a otras personas. Uno no tiene derecho de hacer sufrir a los demás”.
Carolina estuvo inmersa en el alcohol y las drogas por 20 años, los últimos meses los pasó viviendo en la calle.
Su enfermedad escaló a tal grado que vendió lo poco que le quedaba para seguir consumiendo.
SOLO DIOS SALVA
Aunque hubo momentos en que estaba convencida de querer dejar ese camino, reconoce que como ocurre con muchos adictos, lo que buscan es aprender a consumir, es decir, ponerle límites a su adicción, tratar de controlar la cantidad de alcohol o drogas que utilizan. “Nos cuesta mucho entender que tenemos una enfermedad incurable, crónica, progresiva y mortal. La primera condición es abstenerse por completo y eso es muy complicado”.
Carolina reconoce que ella no puso un punto final, sino que fue Dios y la intercesión de la Virgen María quienes la llevaron por otros caminos.
LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL
Después de varios meses viviendo en la calle, se encontró con una amiga de su familia quien la invitó a vivir un retiro espiritual católico llamado Emaús.
“Ese fin de semana pasaron cosas maravillosas, y fue a través de la oración de la gente que sin conocerme pedía por mí. Logré avanzar sin sentir deseo de consumir, sin tener síndrome de abstención, hasta poder decir sí, quiero ayuda. No lo logré por mí, sino por la fuerza del Poder Superior”.
“Saliendo del retiro me llevaron a un centro de rehabilitación donde viví un proceso largo. Han pasado 12 años en los que he vivido en sobriedad. No quiere decir que se quiten las ganas de consumir, pero Dios da la fuerza, esto es sólo una obra de Él”.
La entrevistada recomienda no temer a buscar ayuda y contactar a Alcohólicos Anónimos o Narcóticos Anónimos, terapeutas especialistas en adicciones, e incluso a ella como asesora en estos temas. El apoyo de familiares y amigos es fundamental.

“Tampoco yo te condeno”
El poder sanador de perdonarnos

Crecer en un ambiente donde se consumió alcohol o drogas de manera indiscriminada puede llevar a las personas a convertirse en alcohólicas o adictas. Así lo señala la psicóloga Alicia Hernández, terapeuta aliada de A.A., y Alanon y Alateen, quien añade que las adicciones son multifactoriales.
“Somos personas bio–sociales y psico–espirituales, entonces, estos cuatro elementos nos hacen tener esta predisposición. Hay familias muy funcionales que suscitaron hijos con alcoholismo o drogadicción”.
SE NOS EXIGE MÁS A LAS MUJERES
“Está comprobado científicamente que, aunque los hombres consumen más, las mujeres somos más propensas a desarrollar adicciones. Cada día el índice de mujeres que consumen drogas o alcohol aumenta; sin embargo, esto poco se menciona, pues se cree que la mujer no debe consumir, que la mujer es la que contiene, la que apoya, pero cada vez se visibilizan más mujeres que consumen”.
Las mujeres recibimos más críticas y somos más propensas al juicio social ante el panorama de las adicciones por la cultura machista en la que todavía vivimos. “Incluso la misma familia las juzga y no las apoya”.
LOS PEORES JUECES
“Existen ciertos patrones comunes en las personas adictas. Por ejemplo, no saben diferenciar una conducta normal de una conducta no permitida. Esto les genera emociones de disociación, confusión, desorganización, etcétera. Suelen tener padres amorosos, pero alcohólicos o padres alcohólicos muy violentos, que vienen de ambientes tan agresivos que normalizaron conductas, entonces, no saben diferenciar”.

“Otra emoción es la inestabilidad, los hijos de padres o madres alcohólicas, son muy inestables porque crecieron en entornos con mucha incertidumbre y no saben qué esperar de su familia o del mundo”.
“Además del juicio social, las personas adictas enfrentan el juicio personal, pues se juzgan sin piedad. Generalmente padecen de una ansiedad patológica, que lleva a las personas a la dependencia y la codependencia, junto con otros apegos que los vuelven inseguros”.

“Las mujeres somos más adictas a drogas socialmente aceptadas como el alcohol, seguido de la marihuana y los hongos psicoactivos, cuyo consumo se está incrementando disfrazado al consumirlos cubiertos de chocolate, por ejemplo, o en gotas, además del consumo de cocaína, que también está a la alza”.

“Algunas otras adicciones son la ludopatía (adicción al juego) y la codependencia (adicción a las personas) que
también requieren procesos terapéuticos y de intervención. “Estas adicciones destruyen tanto como el consumo de sustancias psicoactivas”.
AUNQUE DUELA
“El primer paso es reconocer que no podemos detenernos, que no podemos dejar de beber alcohol o de fumar o consumir otra sustancia. A veces lo detectamos en nuestros familiares, pues se da un cambio de conducta y es cuando debemos buscar y ofrecer ayuda”. Un punto clave, señala la especialista, es no querer cambiar a la persona.
Hay grupos de apoyo para la familia.
“De hecho hay grupos que ayudan a niños y adolescentes a que desde pequeños puedan recibir orientación para gestionar la adicción de su familiar. También hay terapeutas particulares aliados a Ala teen y Alanon. Además, existen instituciones donde las personas pueden ser ingresadas cuando su consumo ya superó cualquier tipo de comportamiento”.
DE LA MANO DE DIOS
“La esperanza no radica nada más en la oración, en pedirle a Dios que ayude a nuestro enfermo o a nosotros mismos; debe ser un tratamiento integral que incluya, por supuesto, la oración, la cercanía con nuestro Sacerdote o director espiritual para que nos dé fortaleza emocional y espiritual; acercarnos a un grupo que nos permita generar empatía con los pares que están sufriendo lo mismo. También es importante tener apoyo psicológico. Hay esperanza, siempre y cuando la persona utilice su tiempo a favor de sí misma y de su familia”.
LA ESPIRITUALIDAD ES FUNDAMENTAL
Los grupos de A.A., y los grupos en general de 12 pasos, basan sus principios en un Poder Superior. Muchos grupos de AA tienen un espacio en las Parroquias, que se convierten en redes de apoyo que les ayudan a gestionar su enfermedad.
“Hay que buscar el apoyo y buscar con quien identificarnos, personas que ya hayan pasado por esto y que ya lo superaron”.

INTENTÉMOSLO POR ELLOS
“Es importante saber que el cerebro de las personas que conviven con un alcohólico o adicto se deteriora tanto como el de una persona que consume. En niños y adolescentes que crecen en un entorno donde hay alcohol y violencia, su cerebro se transforma como si hubieran estado 15 años en la guerra. Se desarrolla una ansiedad patológica. Esto está totalmente comprobado”, señaló la especialista.

Las mujeres somos más juzgadas

Una persona que desarrolla una adicción tiene una enfermedad centrada en sus emociones y un vacío espiritual. La persona requiere ser vista con la misma compasión que un enfermo con hipertensión, diabetes o cáncer, pues ninguno de ellos escogió desarrollar la enfermedad.

Según las últimas encuestas, en Jalisco el consumo de alcohol en las mujeres, a partir de 2016 – 2017, casi se ha triplicado. Así lo explica Pedro Briones Casillas, titular del Consejo Estatal Contra las Adicciones en Jalisco.
“Las mujeres consumen alcohol y tabaco, pero también las benzodiacepinas, es decir, medicamentos de uso controlado contra la ansiedad y la depresión”.
Hay que decir que orgánicamente las mujeres y los varones somos distintos.
Las mujeres vivimos nuestras emociones a flor de piel y esto nos vuelve más vulnerables a desarrollar una adición.
EL TEMA RECURRENTE, LA VIOLENCIA
Uno de los principales temas que nos orillan al consumo de alcohol y otras drogas son las rupturas amorosas.
“Cuando hay una separación, quien pierde más es a la mujer. Si hay hijos, la mayoría de las veces quien se hace responsable es la mujer. Además, las separaciones casi siempre son producto de la violencia: física, emocional o económica”.
“Muchos varones, una vez separados, no se hacen cargo de la manutención de los hijos o la dan a cuenta gotas, y la mujer tiene que sacarlos adelante.
“Ellas se sienten presionadas, y a veces sin redes de apoyo, pues los padres, hermanos y amigos, muchas veces se alejan, de ahí que busquen anestesiar ese dolor”.
“A través del consumo del tabaco o del alcohol logran desestresarse o bajar su nivel de ansiedad, y así se va dando el apego a esta práctica”, asegura el especialista, quien añade que las adicciones son una de las principales causas de muerte en el mundo.
LAS MÁS JUZGADAS

Social y familiarmente, las mujeres somos peor juzgadas que los hombres que también consumen alcohol o algún otro tipo de estupefacientes.

“Desgraciadamente, entre que la persona inicia el consumo de alcohol u otras drogas, y entre que pide ayuda a un profesional de la salud, pueden pasar más de 20 años, porque el alcohol es una droga socialmente aceptada”.
NUTRIR NUESTRO ESPÍRITU
De acuerdo con la experiencia del especialista, la gente que desarrolla una adicción tiene un profundo vacío espiritual. “Estamos viviendo una era de una desconexión espantosa, la gente ha dejado de cultivar su parte espiritual. Quien la cultiva vive más feliz, más pleno, con más serenidad y conectada con su prójimo. Quien no lo hace, se olvida de orar, de meditar, de agradecer, de ayudar, de pedir por las necesidades de otros, y el vacío espiritual les provoca más vacío existencial”.
¿QUÉ HACER?
Si detectamos que un familiar o amigo está consumiendo demasiado alcohol y drogas, lo primero es no discriminarlo.
“Como familia hay que buscar el consejo de un profesional de la salud; acercarse a un consejero espiritual, al médico, al psicólogo o con un consejero en adicciones. Hay que quitarnos el prejuicio de que hay que castigar o discriminar a las personas, porque la familia también forma parte de este círculo. Todos están involucrados, todos tienen una corresponsabilidad.

“Si eso le está sucediendo a mi hija, quiere decir que hay algo que como familia no hicimos bien. Esa persona es el vocero que está gritando: ‘hay que arreglar algo que no está bien en casa’. Cada miembro de la familia debe tomar la parte de su responsabilidad”.

ESCUCHAR SIN JUZGAR
“Hemos dejado de escucharnos, de preguntarnos ‘¿cómo te sientes?’, y eso sería un buen inicio. Preguntar: ‘¿hay algo en lo que pueda apoyarte?’, ‘¿quieres que busquemos ayuda profesional?’”.

“Juzgar a alguien por su consumo de alcohol o drogas es como juzgar a un diabético que tuvo un alza en sus niveles de azúcar, es algo que no puede controlar”.

“El adicto requiere el apoyo de un grupo de personas con enfoque multidisciplinario y del apoyo de la familia: que tengan límites claros, que sepan cómo establecer un diálogo respetuoso donde no haya enojo ni reparto de culpas; hay que dar el apoyo emocional con un profesional que sepa cómo hacerlo. La adicción es una enfermedad tratable que puede rehabilitarse si se atiende a tiempo”.

ALERTA CON NUESTROS CHICOS

  • La media nacional indica que el consumo de drogas comienza a los 12 años y se inicia por el alcohol y el tabaco (ambas drogas legales).
  • Entre las personas que se someten a un tratamiento de rehabilitación, admiten haber iniciado el consumo de alcohol entre los 10 y 15 años de edad. Otro grupo importante, casi el 30 por ciento, iniciaron el consumo entre los 15 y 19 de años. Es decir, quienes desarrollan una dependencia iniciaron el consumo antes de los 19 años.

El mayor grupo de personas que consumen alcohol son los menores de edad.

@arquimedios_gdl

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