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«Celebrar a nuestros mártires es celebrar la página más hermosa de nuestro seminario». Sr. Pbro. Andrés Carrillo

Francisco Josué Navarro Godínez, 3° de Filosofía

En 325 años, el Seminario de Guadalajara ha sido un venero para nuestra tierra, aguas que brotan del Corazón del Maestro y que hacen fértil nuestros campos, los cuales han dado bastantes frutos, los más insignes son san Cristóbal Magallanes y 14 compañeros que egresaron de esta institución y todos aquellos sacerdotes y laicos que con su testimonio de sangre nos invitan a darlo todo por la causa de Cristo.

El 21 de mayo celebramos la fiesta litúrgica de este grupo de varones preclaros canonizados por san Juan Pablo II en los umbrales del nuevo milenio, el «papa mexicano» expresaba entonces: «que [su] luminoso ejemplo os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos» (Homilía 21-V-2000).

En las vísperas de esta fiesta, el pasado mes de mayo, la familia del seminario peregrinó hasta el santuario que se erige en la cima del cerro del Tesoro en honor de estos «testigos» del Cordero Inmolado; en punto de las 9:30 de la mañana, comenzamos la solemne procesión, principiando por el seminario Anacleto González Flores, seguido del Seminario Menor y luego el Seminario Mayor, mientras la schola cantorum entonaba la letanía de los santos. Una vez que nuestros padres formadores arribaron al presbiterio se dio inicio a la celebración de la Santa Misa, presidida por nuestro padre vicerrector don Juan Carlos Lupercio.

El padre espiritual de primero de teología, don Andrés Carrillo fue quien nos dirigió, con su fuerza y elocuencia características, la homilía, en la cual recordó nuestro lema: Virtuti, fidei, doctrinae, y nuestro escudo, diseñado por el insigne Mons. José Ruiz Medrano, que nos muestra que la cruz de Cristo (que ocupa el lugar central del escudo) es la que nos protege, así como «la sangre de nuestros santos y gloriosos mártires» quienes «llevaron la caridad a todas sus consecuencias», ellos « no pensaron en rendirse sino en darse todavía más», ¡vaya testimonio nos dieron de su amor por el Amado, Cristo Jesús! Por ello a través de la virtud, la fe y la doctrina, nos hemos de forjar para estar dispuestos, como ellos, a testimoniar con nuestras vidas a aquel que nos llamó a seguir sus pasos.

«Conviene que el grano de trigo muera para que dé frutos, […] y los frutos están aquí, son ustedes, el seminario» con estas palabras, el Padre Andrés, nos hacía ver la importancia de nuestros mártires, y la fecundidad de su martirio: «en la prueba se nota la virtud», y pedía a Dios «la gracia de ser fieles, gracia en la fortaleza y la alegría porque no se puede dar la vida por Cristo sino en la alegría».

La tarea que aquella cálida mañana nos llevábamos resonó en aquel recinto sacro: «que gritar viva Cristo Rey sea un estilo de vida», y haciendo eco a las férvidas palabras proclamadas hace casi una centuria: ¡Viva Cristo Rey! Un ¡Viva! joven, airoso, valiente y comprometido salió desde el Corazón de la Diócesis.  

Querido lector, que la vida y obra de nuestros mártires mexicanos nos impulsen a sufrir nuestro martirio incruento cotidiano con la esperanza de que algún día surjan frutos de amor, alegría y paz en nuestra sociedad que clama por ello, que «en Cristo nuestra Paz, México tenga vida digna».

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