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Pbro. José Luis González Santoscoy

Hemos iniciado la Semana Santa, en donde celebraremos el Misterio de amor que se consuma en la cruz.
Para adentrarnos en él, te propongo que reflexionemos en el significado de una de las palabras de Jesús en la cruz que escuchamos en el relato de la Pasión: “Tengo sed” (Jn 19, 28). Sí, Jesús tiene sed, pero no una sed de agua, sino una sed más profunda.
La sed de Jesús es sed de cumplir la Voluntad de su Padre, y es una sed de almas que también hagan la Voluntad del Padre, para eso vino y entregó su vida por nosotros. Jesús tiene sed de almas, de amor, de perdón, de que su Pasión nos sane y nos libere. Jesús tiene sed de nuestro amor, de nuestra compañía, de nuestra entrega, de nuestra generosidad y de nuestra docilidad a su Palabra.
Reflexionemos con humildad sobre cuál ha sido nuestra actitud hacia la Pasión de Cristo, porque hemos escuchado también que, después de que Jesús dice “tengo sed”, le dieron una esponja empapada en vinagre y Jesús la probó. Esto significa que, a la sed de Jesús de nuestro amor, respondemos con vinagre, ya que esa esponja áspera, vieja y dura, representa nuestro corazón lleno de vinagre, amargura, pecado e indiferencia al amor que Él nos ofrece, y aun así, lo bebe.
¿Qué debemos hacer en estos días al celebrar la Pasión del Señor? Te invito a contemplar las llagas de Cristo, en ellas encontramos la curación a nuestras heridas por el pecado, pues las llagas de Jesús son llagas de amor, son un eterno y perenne recordatorio del amor nos tiene.

Leemos en el profeta Isaías: “Por sus llagas hemos sido curados” (Is 53, 5). Abramos el corazón con humildad y reconozcamos que hemos sido salvados no por nuestros méritos, sino por el mérito exclusivo de Jesús, que se entregó en la cruz.

La cruz siempre es fuente de alegría para nosotros, porque en ella encontramos paz, el mismo Isaías nos dice: “Él soportó el castigo que nos trae la paz” (Is 53, 5). Reconozcamos, pues, que la cruz es el camino seguro para llegar al Padre. Jesús tiene sed de almas que se quieran crucificar con Él. En las llagas de Jesús cada oscuridad nuestra es iluminada, cada derrota se convierte en victoria, cada desilusión cobra sentido, cada herida es sanada por Él. Acércate a las llagas de Jesús y permítele que su cruz te muestre el camino para que puedas hacer la Voluntad de su Padre.

Pensemos en las llagas de las manos, son heridas que han sanado tantas obras perversas del hombre, manos utilizadas en tantos negocios sucios que denigran la dignidad del ser humano, tanta corrupción y tantos pecados cometidos con ellas. Las llagas de los pies nos deben hacer reflexionar en cuántos pasos hemos dado lejos del Señor, en cuántos caminos de pecado y de perdición hemos recorrido. Las heridas producidas por la corona de espinas nos deben hacer reflexionar en cuántos pensamientos deshonestos, cuántas terribles maquinaciones producidas por la lejanía de Dios o cuántas impurezas y desprecios. La llaga del costado traspasado nos recuerda cuántos rencores hay en nuestro corazón, cuánta falta de amor y egoísmo llevamos en él.
Todos los sufrimientos que le hemos hecho pasar a Cristo por nuestros pecados acabaron con su vida. Meditar en la Pasión de Cristo y en su muerte en la cruz, nos debe hacer recobrar la esperanza, porque a través de su muerte hemos sido lavados, ahora sólo falta que aceptemos esto que Él ha hecho por nosotros y que no dejemos infecunda en nosotros su Pasión, porque sus llagas nos recuerdan su amor que es fuente de vida y de alegría.

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