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ALFREDO ARNOLD

Con 27 letras del alfabeto podemos construir millones de palabras, aunque la Real Academia Española (RAE) solo utiliza unas 100 mil en sus diccionarios.
Una persona medianamente culta utiliza mil palabras en su comunicación cotidiana, pero un joven solamente emplea 240. La razón de tal desperdicio de palabras se explica, por una parte, porque mediante un solo vocablo podemos referirnos a muchas cosas y, por otra, a la comodidad de utilizar un leguaje simplificado.
El lenguaje es una maravillosa facultad intelectual del ser humano. Hace la gran diferencia (además del alma, por supuesto) con el resto de las especies del reino animal. Nos permite tener una comunicación inteligente en doble vía: entender a los demás y expresarnos con claridad, y así se va transmitiendo el conocimiento, dando origen a nuevos saberes a lo largo de los siglos.
Da Vinci, Copérnico, Galileo, Einstein, Von Braun… Los conocimientos se encadenan y se expanden a través del lenguaje y el tiempo.
Pero la evolución del lenguaje también implica riesgos. Puede llegar a cambiar tanto que impida
la fluida comunicación entre dos o más personas; que se convierta en una torre de Babel, a pesar de
los intentos por crear un idioma universal como el esperanto, el inglés o el chino-mandarín.
Cada vez es más frecuente la “falta de comunicación” entre padres e hijos, entre políticos de distintos partidos, entre personas de diferente sexo o habitantes de diversas regiones. En buena parte,
esto se debe a las imprecisiones que utilizamos en Un ejemplo de la incomunicación a causa del mal uso del lenguaje en nuestro país son los debates en las cámaras legislativas. De hecho, no existe el debate sino los posicionamientos; a veces son los gritos e improperios lo que domina, pero también hay legisladores serios que exponen argumentos a favor o en contra de un tema, y entonces la contraparte, en lugar de rebatirlos con razonamientos, simplemente los ignora o cambia de tema. La transmisión televisiva de las sesiones del Congreso ha puesto a un gran número de legisladores en un lamentable ridículo ante la mirada de la gente que los observa.

Pero, sigamos hablando del uso del lenguaje cotidiano:
Además de las adecuaciones a la gramática que viene haciendo la RAE desde el siglo XVII, existen actualmente tendencias que modifican sin permiso de ésta la lengua española, por ejemplo:

  1. La tecnología digital nos ha llenado de términos nuevos, como chat, gadget, storystream, web, mail, metaverso, link, en línea, etcétera.
  2. El lenguaje incluyente propone un cambio gramatical que sustituye la distinción de géneros masculino y femenino por expresiones neutras.
  3. La moda ha hecho popular algunas palabras en desuso o que se aplicaban dentro de otros contextos, como “resiliencia”, “disruptivo”, “emprendedor”, etcétera.
  4. El caló, el argot, la jerigonza y la jerga también han puesto de moda muchas palabras (algunas que eran impropias, ofensivas o groseras hace años), especialmente entre la población joven.
  5. Y por supuesto, las redes sociales son un campo propicio para utilizar, no solo las palabras, sino también otros signos de puntuación o pictogramas con absoluta libertad y desparpajo. Los emojis son probablemente el mejor ejemplo de ello.

Seguramente, siempre ha existido evolución del lenguaje; el problema es que ahora sucede con
gran rapidez, lo cual deja fuera del cambio (o actualización) a un gran número de personas haciendo más grande la brecha de la comunicación el conocimiento.
Además, no conviene alejarnos demasiado del lenguaje tradicional porque perderíamos un mundo entero de objetos de disfrute, como los libros, la poesía y las canciones entrañables de compositores de todos los tiempos.
¿Qué hay que hacer para conservar el lenguaje?
Leer, conversar, escuchar…, y consultar el diccionario de vez en cuando.


*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la
Universidad Autónoma de Guadalajara.

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