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El pasado 4 de noviembre se cumplieron 60 años de la aprobación y promulgación, por el hoy San Pablo VI, de la Constitución Apostólica “Sacrosantum Concilium”, sobre la Sagrada Liturgia, primer fruto del Concilio Vaticano II, que un año antes había inaugurado San Juan XXIII.
A 60 años, que podrían parecer muchos y lejanos, releer la Constitución Apostólica “Sacrosantum Concilium” (Este Sacrosanto Concilio) lleva a todo fiel cristiano y cristiana a la acción de la misma Iglesia, al mismo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y a su Palabra, para el encuentro con el Padre en el Espíritu Santo.
En este documento, fruto de diversos movimientos renovadores al interior de la Iglesia, que se alimentaron de las Sagradas Escrituras y la tradición Apostólica de los primeros Padres de la Iglesia, marcó una ruta de renovación de la acción de Jesucristo, en primer lugar en los Sacramentos, “signos sensibles”, como el agua para el Bautismo, el pan y el vino para la Eucaristía, aceites de oliva para consagrar o ungir enfermos, que “significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro” (SC 7).

Los seres humanos buscamos permanentemente signos de presencia y acción divina. Es a través del conocimiento, estudio y reflexión de la Sacrosantum Concilium, así como la renovada liturgia fruto de ello, que creyentes no sólo pueden ver y experimentar la Gracia divina que nos une como Iglesia en Jesucristo, sino con el Padre en el Espíritu Santo.
¿Qué tan importante, trascendente y fundamental es la liturgia para la Iglesia? El Concilio Vaticano II nos lo recuerda: “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”, por ello, quien participa de la Liturgia de la Iglesia en los sacramentos a través de los cuales “es Cristo” quien actúa “en la persona del ministro (Obispo, Sacerdote, diácono)”, o “cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura”, y “es Él quien habla”, o “cuando la Iglesia suplica y canta salmos (ora)”, debe considerar que si llega a esa liturgia como desde su actuar y acción cristiana en la familia, la comunidad, el trabajo, pero a la vez, sale de ella alimentado, fortalecido para continuar con su actuar y acción cristiana en la familia y la comunidad.

@arquimedios_gdl

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