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Juan López Vergara

Nuestra madre Iglesia ofrece hoy una parábola del santo Evangelio en la que descubrimos a Dios, quien nos invita: “Venid a la boda”. Es una bella imagen que habla del encuentro con Dios, porque hemos sido creados para gozar de la unión con Él, revestidos por la gracia divina, que se revela en plenitud en su Hijo Jesús (Mt 22, 1-14).

LOS ÚLTIMOS CONVIDADOS CONFIGURAN EL NUEVO PUEBLO
Ante la reticente actitud de aquellos capitostes (compárese v. 1 con Mt 21, 45-46), el evangelista presenta ahora el proyecto de Jesús bajo la figura de un festín:

“El Reino de los Cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamarán a sus invitados, pero estos no quisieron ir” (vv. 2-3).

Mateo había mostrado a Jesús como “el esposo” (9, 15), y, en la parábola precedente, como “el hijo” (21, 37-38). Los criados representan a los profetas. La invitación fue rechazada conscientemente. El rey de nuevo insistió (véase v. 4).

¡SEMEJANTE REITERACIÓN TESTIFICA EL AMOR DE DIOS POR ISRAEL!
Pero los convidados no hicieron caso: “Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron” (vv.5-6). El rey montó en cólera, manifestó que los invitados no fueron dignos y mandó a otros criados para convidar a los que encontraran en los cruces de los caminos; el banquete, entonces, se llenó de comensales (véanse vv. 7-10). Israel no supo descubrir el lugar de la felicidad mesiánica. Sin embargo, el designio de Dios no se frustró, ya que los últimos convidados configuran el nuevo pueblo, ratificando así la universalidad de la oferta de salvación anunciada por Jesús.

“NO TODO EL QUE ME DIGA SEÑOR, SEÑOR”
La última parte es de lo más inesperada, pues cuando el rey entró para saludar a sus invitados, reparó en que uno
de ellos no iba vestido con el traje de bodas y le preguntó: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?” (v. 12). Ante el silencio de aquel hombre el rey ordenó a los criados echarlo fuera (véase vv. 13-14). No basta que reconozcamos a Jesús sino que es preciso vivir conforme a la Buena Nueva que ha anunciado:

“No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 7, 2).

LA GRACIA DIVINA ES EL TRAJE DE FIESTA
El traje de  esta es la gracia divina. Pero, ¿qué es la gracia? La gracia es el don de Dios que contiene todos los demás dones. Y, ¿acaso la venida de Jesucristo no muestra hasta dónde puede llegar la generosidad divina al darnos a su propio Hijo (compárese Rm 8, 32)?
Muy apreciables lectores, para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, ante la gratuidad de la invitación, revistámonos con el traje de esta. Este traje que es la mismísima gracia divina, se revela en plenitud en Jesucristo, quien “pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38), irradiando así la generosidad del Padre y envolviendo en semejante generosidad a cuantos la reciben.

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