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Hermanas y hermanos en el Señor:

La vida de un leproso en tiempos de Jesús era difícil, excluido de la comunidad y considerado impuro. Sin embargo, el Señor rompe este esquema que marginaba a los enfermos de lepra. Un leproso sí se atrevió a acercarse al Maestro.
De estar fuera de la ciudad, teniéndose que presentar gritando que estaba enfermo para que todos se dieran cuenta y no se acercara a nadie, ahora se anima presentarse con una petición.
Tenía que alzar su voz para que todos supieran que, además, estaba impuro.
Era un excluido de la ley y de convivir con los demás, esperando morir solo, porque su enfermedad era incurable.
Pero este leproso, no obstante lo anterior, tuvo el atrevimiento de acercarse a Jesús para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Su interés de estar sano se convirtió en un testimonio de fe y de confianza.
Luego, viene la acción del Señor, que se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó. Por este hecho, por lo que señalaba la ley, también Jesús se convertía, por haberlo tocado, en un hombre impuro, es decir, en una persona que ya no podía vivir en la comunidad y, por lo tanto, también pasaba a ser un excluido.

Fijémonos en estos dos gestos: Jesús toca y Jesús sana. Lo que Él toca, lo sana, lo convierte en plenitud de vida. La ley queda superada por el amor.

El Señor, entonces, le pide dos cosas: que no se lo cuente a nadie, pero que sí se presente al sacerdote, para que constatara que estaba sano.
Pero, antes que nada, el hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús ya no podía entrar a la ciudad, se quedaba fuera.

Este detalle nos hace pensar en el momento solemne de la crucifixión de Jesucristo, que murió fuera de los muros de la ciudad, entre ladrones, entre los impuros, lo cual nos habla de la cercanía que Dios quiso establecer con nuestra pobre humanidad.
Dios dejó el Cielo, su eternidad, y se hizo historia, se hizo hombre para tocar nuestra pobre humanidad, cubierta de la lepra por el mal. Vino y tocó, y abrazó nuestra humanidad, aun a costa de que lo consideraran excluido.
Jesús se identifica con los excluidos para tomarnos y volver a integrarnos a la comunidad y ser incluidos en el plan salvador de Dios. El Señor ha querido curarnos.

Fijémonos en la lepra más profunda que llevamos, que es el pecado, que va carcomiendo lo más valioso de nuestro ser, va corrompiendo los principios que nos deben regir como hijos de Dios, va manchando las intenciones, va pervirtiendo todo lo que es nuestro ser.

Si no permitimos que Jesús nos toque, podemos sucumbir por el mal de la lepra del pecado. Él se presenta dispuesto a sanarnos. No tiene miedo de contaminarse, de perder su fama o de pervertirse porque se acerca a nosotros; no tiene prejuicios o condicionamiento de que lo juzguen mal.
Nos toca así como somos, como estamos, para sanarnos, para liberarnos, para que recobremos nuestra dignidad y nuestra libertad, nuestra grandeza de ser hijos de Dios. Dejémonos tocar por Cristo, porque lo que toca, lo sana.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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