upc4

IGNACIO ROMÁN MORALES

Amores, una antigua canción de Mari Trini, de 1970 decía: “El amor es una barca con dos remos en el mar, un remo aprieta mis manos, el otro lo mueve el azar”.
Lo que ella decía sobre el amor igual podría aplicarse a gran parte las situaciones que determinan nuestras vidas: en parte ellas dependen de lo que personalmente hagamos, pero son tanto o más importantes las condiciones en las que nacemos y nos situamos colectivamente.
En otras palabras, nuestras condiciones de vida no dependen sólo de nosotros mismos en lo individual, por lo que frecuentemente recurrimos a los órganos de decisión colectiva que tanto nos influyen, como son las empresas en que trabajamos o los gobiernos de las ciudades, estados o países en que vivimos.
Al volver la vista a nuestras propias decisiones colectivas, aparecen los conceptos de sociedad, país, soberanía, democracia etc.

QUEREMOS QUE NOS CUMPLAN
Elegimos gobiernos para que nos representen y hagan lo que sea más conveniente para nosotros, como sociedad.
En comentarios previos nos hemos preguntado si efectivamente lo hacen, pero en esta ocasión partamos del supuesto inicial (sea cierto o no) de que efectivamente así es.
Una función esencial de los gobiernos es tomar decisiones para que podamos vivir juntos, no para que unos pocos se lleven todo y la inmensa mayoría nada, porque en ese caso sólo provocamos el derrumbe de eso que llamamos sociedad, nación, patria o país.
Cuando decimos o pensamos que el gobierno debería brindar seguridad a los ciudadanos, recoger la basura, arreglar las calles, generar empleos, mejorar los servicios de educación o de salud, protegernos frente a sequías, huracanes o temblores, mantener suficientes parques y que estos sean dignos, cuidar el medio ambiente, etc., no estamos pidiendo milagros, simplemente estamos demandando lo que los gobiernos deben hacer.
Pongámonos ahora en los zapatos de los políticos: en campañas pueden prometer el sol, la luna y las estrellas, pero ya en el gobierno pueden decir “¿con qué ojos, divino tuerto?”. Supongamos que no son corruptos ni incapaces, de todos modos, con buena voluntad no basta.
¿CON QUÉ OJOS?
El problema es que, para tener más dinero, para hacer lo que tienen que hacer los gobiernos, tienen que ver de dónde lo sacan…. y ahí donde “la puerca tuerce el rabo”. ¿Qué y cuánto le toca poner a cada quién para el Estado?, ¿En qué y cuánto debe gastar cada tipo de gobierno para cada cosa?
Por ejemplo, si privilegiamos la “confianza de los grandes inversionistas”, eximiéndolos del pago de impuestos, regalándoles terrenos, permitiéndoles que contaminen impunemente, que haya condiciones de trabajo indignas, etc., entonces generamos condiciones de alta rentabilidad a grandes inversiones y estarán contentos, pero eso no es lo que más le conviene al resto de la sociedad.
En cambio, si les decimos que acaten las reglas y que financieramente los grandes capitales “se rasquen con sus uñas”, somos menos atractivos para las inversiones.

Si el gasto público se dirige hacia la población con mayores carencias y necesidades, habrá menos dinero para otros fines y eso molestará a otros. Los ingresos y los gastos de los gobiernos implican “jalar la cobija” a favor de unos. La cuestión es cuánto se vale y puede “jalar la cobija”, reduciendo en algo a quienes han acumulado a su favor casi todas las cobijas.

HACER CUENTAS Y HACER MEMORIA
Esto mismo se puede plantear a nivel territorial: en cada lugar del país intervienen gobiernos municipales, estatales y federal. ¿Cuánto debe y puede tener cada quién y cómo lo debe gastar? Algunos gobiernos estatales han reclamado que de cada peso que se obtiene de los territorios que gobiernan sólo se les devuelven a los gobiernos estatales (o municipales) unos cuantos centavitos. Eso es cierto. Lo que NO es cierto, es que esa afirmación sea válida hacia el conjunto de la población de cada estado o municipio (no es lo mismo la población de Jalisco que el gobierno de Jalisco).
Los presupuestos de la Universidad de Guadalajara, de las carreteras del Estado, de la seguridad pública, de la educación, de la salud, etcétera, etcétera, provienen no sólo de los gobiernos locales o estatal, sino del federal.
De igual modo, el gobierno federal debe pagar deudas por gastos que se han hecho, bien o mal, en todo el país, como podrían ser las obras de los juegos panamericanos de hace 12 años o inversiones financieras mal hechas, con el aval federal.

LA DISTRIBUCIÓN NO SIEMPRE ES JUSTA
Viendo el presupuesto del país en su conjunto, son pocos los estados que en realidad han puesto durante décadas más dinero del que reciben. Esencialmente dos: Campeche y Tabasco, pues de ahí salió la riqueza petrolera con lo que se ha financiado alrededor de 35% del total del gasto público en las últimas décadas. No ha sido “el norte” el que ha financiado a los “pobres estados del sur”, sino al revés. ¿No es entonces justo que las transferencias sociales del gobierno federal se dirijan prioritariamente hacia los estados dónde hay más pobreza?
Lo mismo podría afirmarse al interior de las entidades federativas. ¿Podrían los gobiernos estatales recaudar más fondos propios con impuestos locales, multas, pago de derechos etcétera? Legalmente pueden hacerlo, pero electoralmente no les iría muy bien que digamos.
Por otro lado, lo que estatalmente se reclama a la federación podría igualmente reclamarse municipalmente a los gobiernos estatales. ¿Cuántas pequeñas obras de infraestructura podrían hacerse en los municipios más marginados del estado con lo que costaría un segundo piso en avenida López Mateos o un gran apoyo a una gran empresa en el área metropolitana de Guadalajara?
LOS ESCENARIOS CAMBIAN
En todo caso, el asunto del dinero está complicado y en Jalisco se ha aprobado la creación de un sistema estatal de administración tributaria. Ello puede implicar muchos escenarios, uno de ellos muy conflictivo, de continuar o reforzar una rebatinga por el manejo de los impuestos con el gobierno federal. Imaginemos, por ejemplo, la fijación de dos “IVA” (como en los Estados Unidos), uno estatal y otro federal.
En cambio, otro escenario, muy positivo, consistiría en una auténtico “Nuevo Pacto Fiscal” entre municipios, estados y federación, asumiendo que ya no habrá petróleo para exportar y no nos pueden seguir financiando los estados del sur. El saber qué recursos debe y puede obtener cada municipio, estado y la federación para cumplir con sus responsabilidades; el tener claro en justicia de dónde los puede sacar; el establecer criterios de equidad, congruencia, eficiencia y transparencia para responder al interés colectivo, eso es lo que debería primar en un pacto fiscal, lo que decía el cura Morelos en 1814: “Que como la buena Ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

@arquimedios_gdl

TE INVITAMOS A FORMAR PARTE DE LOS

Comunicadores Parroquiales

Los cuales promueven la Pastoral de la Comunicación en sus Parroquias

Dirección

"En la Iglesia tenemos urgente necesidad de una comunicación que inflame los corazones, sea bálsamo en las heridas e ilumine el camino de nuestros hermanos y hermanas"

Papa Francisco

Copyright @2023 – Todos los Derechos Reservados.