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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La llegada a México de doce franciscanos, el 13 de mayo de 1524, se asume como el inicio formal de la evangelización en este territorio.
Ya el año anterior habían llegado tres frailes franciscanos de origen flamenco, de los cuales sobrevivió Pedro de Gante, pero eran más bien pioneros, mientras que los siguientes doce venían ya organizados y dotados con diversas facultades recibidas de la Santa Sede y de la corte española.
Pero ¿qué franciscanos eran? A lo largo de la historia la orden franciscana ha generado diversas ramas y movimientos.
A fines del siglo XV se fue imponiendo en España el movimiento franciscano de la “estricta observancia” que acabó con la expulsión de los franciscanos no observantes, es decir, de aquellos que asumían la regla de san Francisco, pero haciéndole modificaciones, atenuando su rigor y estableciendo excepciones a su cumplimiento.
Fue obra del Cardenal Cisneros reformar los conventos franciscanos de España, de manera que en delante sólo hubiese franciscanos plenamente comprometidos con el estilo de vida y las normas dadas por san Francisco.
Oración constante, ayuno, penitencia, predicación en plazas, calles, mercados e iglesias, caracterizan a estos franciscanos observantes, que además no llevan hábitos finos sino burdos, renuncian al uso de cualquier tipo de calzado, y se comprometen a andar siempre a pie, mendigando la comida de cada día y regalando la que les reste, de forma que nadie guarde nada para el día siguiente. Este género de vida y de vestuario da a estos frailes una apariencia pobre, con cuerpos enjutos debido a los ayunos, las penitencias y la poca comida. Los indígenas, en cuanto los vieron los apodaron “motolinia”, que en náhuatl significa pobres.

Pero si estos franciscanos vivían así era porque estaban profundamente persuadidos de que así se ganaban el Cielo, de que imitar a Cristo lo más que les fuera posible, era una garantía de salvación, tal y como lo había vivido y enseñado san Francisco de Asís.
Cuando en España se vio la necesidad de evangelizar a los pueblos indígenas de estos nuevos territorios inmediatamente se pensó que los misioneros ideales sería precisamente los franciscanos observantes, ya que no buscaban en este mundo otra ganancia que el servicio de Dios y del prójimo, viajaban sin equipajes, ni viáticos ni salarios, el rey pagaba sus pasajes en el viaje a América, mientras que la orden religiosa les daba el mínimo necesario para el ejercicio de su ministerio, como serían libros litúrgicos, breviarios, biblias, ornamentos, etc.
Atreverse a cruzar el Océano Atlántico en aquella lejana época en que todavía no se descubrían las corrientes marítimas, ni cuando tenían lugar las temporadas de huracanes o ciclones, las épocas de ausencia de vientos o las consecuencias para la salud de esos largos viajes, y no obstante hacer la travesía sin los intereses dominantes del oro o el poder, habla bastante bien de estos grandes misioneros y mucho sorprende el olvido en que los tenemos.

armando.gon@univa.mx

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