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Víctor Ulín

En el pecho, debajo de su chaleco naranja, don Juan trae un pequeño radio colgado. Escucha con regularidad las noticias. Está informado. Lo había notado desde el primer día que dejé estacionado el auto aquí, en esta plaza comercial que puede ser cualquiera donde usted haya dejado el suyo ayer, hoy o mañana.
Hoy es domingo y alcanzo a escuchar, cuando viene hacia mí para orientarme, que don Juan atendía la Misa de las 12. Nos saludamos con familiaridad.
Hace poco me preguntó por qué había dejado de venir, le expliqué y le dije que quizá venga más seguido a la plaza.
Toma el cartón para ponerlo en el parabrisas de mi auto. Le pido que me lo cuide bien, que no le quite el ojo de encima. Que sienta, porque lo es, que su trabajo es importante para la seguridad de mi auto y el de los demás. Que a sus casi 70 años sigue siendo productivo, como antes de venirse a la ciudad y dejar de sembrar en el campo.
A veces, para ayudarlo cuando se cansaba, lo ayudaba su nieta Mariana, que recién se acaba de juntar con su novio y dejó de venir.
Al otro extremo de la ciudad, en otra plaza, don Amancio y doña Isidra hacen lo mismo que don Juan: cuidar los autos ajenos.

La diferencia es que trabajan en una plaza que tiene un estacionamiento techado y no se queman del sol como don Juan, que usa gorra y procura guarecerse bajo la sombra de algunos árboles mientras llegan o regresan los dueños de los autos estacionados.

Antes de trabajar como “viene, viene” (así suele decírseles popularmente), don Amancio, que ya cobra la pensión del gobierno, le hizo de todo. Como “viene, viene” gana para sobrevivir. No se queja.
“Los ricos ya están contados”, me dice mientras suelta una sonrisa honesta, franca, sin resentimiento.
Doña Isidra es su compañera de trabajo. Se ayudan. Ya los había visto juntos. Es una mujer adulta. Menudita. Callada y respetuosa. Muy cristiana.

En esta plaza, a diferencia de donde está don Juan, a veces le dan de comer.
Los dejan trabajar y sólo les piden que mantengan limpio el estacionamiento y lo hacen con gusto.
Claro que no son los únicos que laboran de cuidadores de carros, porque también hay jóvenes, pero es notable que cada vez sean más los adultos mayores a los que vemos en los estacionamientos de las plazas comerciales cuidando los carros o, como en los súper mercados, empacando la mercancía.
En don Juan, Amancio e Isidra hay mucho valor y honor en lo que hacen.
Es un trabajo. Honrado. Los mantiene activos, luchando en el día a día para comprar sus alimentos y los medicamentos cuando hacen falta.
Cuando reciben la moneda del automovilista generoso, lo agradecen. Se ganan cada peso con el sudor de su frente y siguen. No se detienen. No se lamentan. No se rinden. Nos dan una lección de fuerza. De dignidad.

@arquimedios_gdl

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