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JOSÉ DE JESÚS PARADA TOVAR

Por “Días de” no paramos, y mucho menos en México, donde sobran motivos para festejar todo, hasta lo más insulso y superficial. Por supuesto, la alusión a las personas mayores se hace presente en el mes de agosto, y más concretamente el día 28, aunque se han sacado de la manga o la chistera otras fechas para promover saludos y regalos específicamente “a los abuelitos”.
El tema de la ancianidad no tiene plena cabida como un asunto en la política de Estado. Si acaso, desde la perspectiva maquillada del asistencialismo, sin jamás llegar a la raíz de lo que representa la vejez desde el punto de vista humano, familiar, social, económico, de salud, de identidad, de integración, de conocimientos y experiencia. Es más, desde el ángulo meramente estadístico y su panorama al inmediato y largo plazo.

Hacia mediados del año en curso, 2023, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, estimaba poco más de 131 millones de habitantes en la República, correspondiendo el 52% a población femenina, y el 48% a la masculina. Y un dato verdaderamente revelador es que, de 1970 a la fecha, es decir, en poco más de 50 años, el porcentaje de adultos mayores en nuestro país subió del 4 al 10 por ciento, propiciando con ello que el proceso de envejecimiento demográfico genere, en ese segmento, una mayor dependencia respecto de la población productiva.
Según define la Organización Mundial de la Salud, OMS, de los 60 a los 74 años se considera como de edad avanzada; se cataloga como ancianos a quienes tienen entre 75 y 90 años. Los de 90 y más, son longevos. Todos los incluidos en estos rangos, conforman la Tercera Edad. La propia OMS estipula que son dependientes, en la Sociedad, quienes tienen de 0 a 14 años, y los de 65 y más.


Conforme al Censo de 2020 (tentativo, aproximado e incompleto según mi parecer porque su levantamiento se interrumpió e incumplió so pretexto del Coronavirus), en Jalisco éramos entonces 8.3 millones de moradores, y se calculaba en 49.6 la proporción de dependientes.

De ese tamaño es el reto, sin excluir la situación de gente mayor desempleada y aún productiva; la discriminación para su acceso a la educación, las medicinas, el entretenimiento; el desinterés oficial en alentar los estudios especializados y la práctica de la Gerontología y la Geriatría, así como en vigilar la atención integral y los costos en todo tipo de asilos. Y, claro, el fenómeno de la descomposición social, que abarca a las familias disfuncionales, en las que con frecuencia se abandona o menosprecia a los ancianos.

@arquimedios_gdl

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