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LAURA CASTRO GOLARTE

Cada vez que se ofrece, el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exalta la madurez política de los mexicanos. Coincido, aunque, ciertamente, es un asunto que he manejado en mis columnas desde hace muchos, muchos años porque estoy convencida de que el electorado anónimo, inasible, enigmático, desconcertante y sorprendente, ejerce su derecho y obligación de votar, cada vez más consciente de su poder.
Se ha votado por costumbre, y así fue por décadas; esa costumbre obligada, casi ritual, aun a sabiendas de que ganaría el mismo partido autoritario, abusivo y represor. Digamos que entonces no había tal madurez.
Al cabo de unos años, en 1988, se votó por convicción y con esperanza, tan clara y contundentemente, que se “cayó” el sistema y se desconoció, se anuló la voluntad ciudadana en uno de los hechos que todavía duelen por cínicos y criminales. Los mexicanos veníamos de experiencias desastrosas con el mismo partido en el gobierno: dos décadas atrás la matanza de Tlatelolco y el Halconazo del Jueves de Corpus con Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, amén de los despropósitos económicos y sociales; luego la corrupción inconmensurable, nauseabunda y desenfrenada de José López Portillo con repercusiones de terror en los indicadores económicos: inflación, devaluación, pobreza. Esto no cambió con Miguel de la Madrid quien, con la bandera de la renovación moral, permitió el desvío de donativos y apoyos humanitarios del mundo para nuestro país cuando los terremotos de 1985. Y las cloacas que destaparon los sismos. Luego el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, producto de aquella “caída” que deberíamos llamar por su nombre: fraude.
Se votó por miedo. Cuando la incertidumbre y el temor eran tan grandes, que se optó por el malo conocido, en lugar del bueno por conocer; el ejemplo indiscutible del voto por miedo es el de 1994, cuando hubo un magnicidio (el de Luis Donaldo Colosio, nada menos que el abanderado del PRI a la Presidencia de la República); y menos de dos meses antes la aparición del EZLN, un grupo armado y contestatario que nació con reflectores mundiales. Estos dos apenas fueron dos factores, suficientes para que el electorado votara más y en el mismo sentido en una mayoría indiscutible, como hacía mucho no sucedía. Ganó el PRI con Ernesto Zedillo que “sabía cómo hacerlo”, pero todavía no terminaba 1994 cuando los “errores” de diciembre se nos vinieron encima y aplastaron la de por sí precaria y vulnerable economía de los mexicanos. Toca pagar desde entonces la deuda de los bancos y de otros empresarios y personajes privilegiados que resultaron beneficiados con este atraco de proporciones épicas.
Muy pronto, el electorado mexicano creyó una vez más que podía tomar decisiones para cambiar el rumbo político; la decisión se tomó, se votó con esperanza pero también con cálculo; las elecciones del año 2000 fueron las del voto útil, ¿cuántos sacrificaron su voto por Cuauhtémoc Cárdenas y se lo dieron a Vicente Fox para ya sacar al PRI de Los Pinos? Y pese a la gran decepción que representó la gestión del guanajuatense, la elección de 2006 fue muy apretada, se prestó para un fraude, otro fraude, que se consumó, reconocido ya por los actores de ese tiempo. El electorado no dio una tercera oportunidad a ese partido, opositor de viejo cuño, que fue el PAN; y, una vez más, decidió sí, darle otra chance al PRI que tanto daño nos causó por décadas, con repercusiones vigentes al día de hoy.
Cometer un error no es signo de inmadurez. La equivocación colectiva de 2012, no sin manifestaciones y señalamientos, sobre todo de los jóvenes de este país, se consumó y sufrimos un sexenio de corrupción descomunal que no redujo en nada los pésimos indicadores, al contrario: más violencia, más asesinatos asociados con el crimen, periodistas asesinados, desmantelamiento del Estado, banalización de la política, promoción del mal gusto, chayotes y dinero a chorros para acallar plumas y conciencias. Otro golpe. Uno más.

Los partidos que perdieron en la elección de 2018 no asumen su responsabilidad en esa derrota. Ya hablé hace dos semanas de la desgracia de partidos de oposición que tenemos en México.
Las quejas de amplios sectores de la población sobre la actual administración me dejan la impresión de que ya se olvidaron de la historia de la que venimos: de los abusos, las violaciones de derechos humanos, la guerra sucia, los enfrentamientos violentos contra la iniciativa privada, el acoso y represión de estudiantes, las malas decisiones económicas, las sucesivas crisis económicas, los excesos de los poderosos (la Colina del Perro, el Partenón, la Casa Blanca), el mal y pésimo funcionamiento de los aparatos burocráticos, los costos asociados que pagamos todos, la mala administración de los impuestos, los asesinatos de periodistas, de activistas, de indígenas y políticos opositores…
Todo esto, en conjunto, está en la memoria colectiva. Creo firmemente que somos una sociedad madura políticamente y con memoria; y que en procesos electorales como los del domingo pasado, queda en evidencia.
Fue un voto diferenciado, contundente tanto en el Estado de México como en Coahuila. Nuestra historia reciente se presenta como si todo hubiese sucedido ayer y la boleta es un buen vehículo para manifestarse.

@arquimedios_gdl

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