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LAURA CASTRO GOLARTE

Es difícil no pensar en que fray Antonio Alcalde ejerció toda la influencia y trabajó arduamente para que la realidad de Guadalajara, ninguneada y sometida desde el centro del virreinato durante toda la colonia, cambiara. Y es difícil, porque justo en su periodo de 20 años como Obispo se gestaron y consumaron cambios que estaban pendientes desde hacía décadas, hasta siglos se podría decir, y que repercutieron sin duda alguna en el progreso y desarrollo de Guadalajara.

¿A qué me refiero? A la universidad, al consulado, a la imprenta, al hospital y a la división de la Diócesis. Todas estas instituciones y decisiones que requerían aprobación real estaban solicitadas desde hacía muchísimo tiempo, pero no caminaban ni para atrás, ni para adelante entre los obstáculos impuestos desde la Ciudad de México, la falta de recursos o aportación de recursos propios; los tiempos de aquel entonces para que algo se aprobara en el vastísimo imperio español y, seguramente, el cansancio y desistimiento de los promotores iniciales hartos de esperar, esperar y esperar.

Es aquí donde fray Antonio Alcalde hizo la gran diferencia. Primero, sabemos de su relación directa con el rey Carlos III, quien, según los testimonios que nadie ha desmentido, fue el que lo nombró “fraile de la calavera”. La comunicación entre los dos llegó a darse sin intermediarios desde que Alcalde se hizo cargo de la Diócesis de Yucatán.
Cuando estuvo allá, el Siervo de Dios recibió una especie de reprimenda real porque no se estaba cobrando, como se debía y esperaba, el diezmo.

Ya en Guadalajara por lo menos hay tres casos en los que queda en evidencia esa relación: la explicación que el rey pidió y Alcalde ofreció con los argumentos para que se abriera en Guadalajara una universidad (además del dinero que aportó, claro); la respuesta de Alcalde, rebatida y rechazada por el monarca, sobre el cambio en la cobranza y administración de los diezmos con la conformación de una junta con la que los representantes de la Iglesia perdían poder; y el “perdón”, por decirlo de esa manera, que otorgó el rey sin que fuera algo formal o específico, por la decisión de Alcalde de empezar a construir el Santuario de Guadalupe antes de que se recibiera en Guadalajara la autorización real.

Nada más con estos tres ejemplos queda claro, por supuesto, esa relación entre Alcalde y el monarca, y también (éste es el segundo punto) el carácter del prelado: no se amilanaba, ni se quedaba callado. Actuaba y argumentaba donde creía que debía hacerlo, algunas veces con éxito (como cuando defendió que Tabasco se quedara como parte de la Diócesis de Yucatán frente a los intentos por atraerla de la Diócesis de Chiapa de Corzo), y otras sin éxito (como la junta de diezmos).
Es decir, el vigésimo segundo Obispo de Guadalajara no se cansó de esperar, tenía prisa porque las obras necesarias caminaran, y con esa relación directa, más su determinación logró brincar el gran obstáculo de la Ciudad de México. También hizo malabares, milagros, con los tiempos, para que los trabajos avanzaran rápido; y no se diga con el dinero de la Diócesis para garantizar la ejecución y luego el mantenimiento de las distintas obras.

Hasta ahora no he encontrado un documento donde se compruebe que Alcalde tuvo algo que ver con la autorización de una imprenta para Guadalajara, por ejemplo, para hay quienes sostienen que sí influyó y es difícil no estar de acuerdo; no sería nada descabellado.
Tanto la imprenta, cuyo primer impreso es, justamente, el elogio fúnebre para Alcalde, que falleció en agosto de 1792; como el Real Consulado, la entidad virreinal que se encargaba de la regulación de comercio, se instalaron o fundaron al calor de la influencia de Alcalde. La primera en 1793 y la segunda en 1795. De manera directa, aquí sí, fueron las obras e inauguraciones simbólicas del hospital civil y de la Real Universidad de Guadalajara en 1793.

Como he mencionado en más de alguna ocasión, Alcalde se entregó de lleno al trabajo a favor de la feligresía. De inmediato se percató de la situación tan precaria que vivían los habitantes de Guadalajara, así que ordenó un estudio para determinar qué tipo de industria (taller) sería más conveniente instalar; y muy pronto también, se dio a la tarea de organizarse para una primera visita pastoral. No perdió ni un minuto en el desempeño de su nueva encomienda, más allá de su obligación de ser un pastor espiritual.

@arquimedios_gdl

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