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Sem. Hugo Gaucín

Así fue la vida de los primeros misioneros posterior a la conquista de Tenochtitlan.

Después del encuentro entre “dos mundos” y las subsecuentes luchas de conquista, la cristiandad encontró un sentido literal en el mandato de su Señor: «Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19).

Las primeras órdenes religiosas

En las primeras expediciones y los arribos posteriores a las tierras recién descubiertas, la Iglesia tuvo a bien enviar con urgencia a misioneros, religiosos de distintas familias que, hasta el día de hoy, siguen haciendo mucho bien: mercedarios, dominicos, agustinos, jesuitas, etc., destacando de entre ellos los hijos de San Francisco de Asís.

La situación a la que se enfrentaron los misioneros en los primeros años fue muy difícil, pero de suma importancia. La voracidad de los conquistadores dejó al descubierto la terrible realidad humana ansiosa de poder y dominio, y en medio de todo esto, las distintas Órdenes se convirtieron en bálsamo para una nación herida por la degradación, el despojo, la muerte y el fanatismo religioso, realmente un trabajo arduo, pues para el odio impotente de los conquistados era difícil distinguir el rostro de sus mercenarios de aquellos cuyo mensaje les traía la Vida.

Nuestros criterios actuales no debieran dirigirse con juicio al pasado. Así como las ciencias han dado pasos en el tiempo, también la conciencia de la humanidad, en lo que respecta a su ética y moral, se ha abierto camino entre aciertos y fracasos. La mirada al pasado que culpa, ya ha perdido la oportunidad de entenderlo como enseñanza, lo vela para sí y los demás con sellos de repulsión y se dirige a cometer peores atrocidades.

El Obispo que atestiguó el milagro del Tepeyac

Fray Juan de Zumárraga fue un grande de su tiempo, hombre intelectual, humilde y muy espiritual. Antes de ser Obispo se le contaba entre los congraciados del rey Carlos V quien le pidió ser inquisidor (defensor de la fe y juez de tribunal provincial) de Pamplona, y en el 1527, le postuló como Obispo de la nueva Ciudad de México.

Enviado aun sin el veredicto último del Papa sobre su obispado, arribó en el 1528 para enfrentarse a los integrantes de la Primera Audiencia y Nuño de Guzmán, encargados del gobierno de las tierras conquistadas que, aprovechando su posición, continuaban el robo, esclavizaban indígenas y les infringían injusticias de todo tipo. Fray Juan, junto con todos los misioneros, eran la única defensa de los indígenas, por eso la Audiencia y Nuño de Guzmán buscaban con mayor ímpetu hacerles el mal, refiriendo calumnias sobre ellos a la Corona, amedrentando y amenazando de muerte, incluso Zumárraga fue víctima de un atentado para arrebatarle la vida. Todo ello buscó referir fray Juan de Zumárraga al Rey, y tras fallar en el primer intento, pues los enemigos interceptaron la información, se dirigió personalmente a las costas para enviar la carta.

La situación se tornó más hostil, la salida de Nuño de Guzmán hacia el Occidente para posteriormente fundar la ciudad de Guadalajara, no disminuyó los atentados contra los misioneros, de hecho, la Primera Audiencia les atacó a grado de que tuvieron que salir huyendo de la Ciudad de México. En 1530, en el momento más álgido, todo dio un giro en favor de la defensa de los indígenas y la misión: el rey de España remplazó a Nuño de Guzmán y puso al frente de la Segunda Audiencia al Obispo Don Sebastián Ramírez y Fuenleal, además de que el Papa Clemente VII, por fin declaró Obispo electo de la Ciudad de México a Fray Juan de Zumárraga.

Desde el Cielo, una hermosa mañana La evangelización posterior al 12 de diciembre del 1531

La evangelización de los pueblos del “nuevo mundo” era humanamente imposible llevarla a cabo en la terrible situación en la que se encontraban los indígenas desde el 1521, devastación en todo sentido. El anuncio de una fe por parte de aquellos semejantes a los mismos que arrebataron la propia, desconcertaba al indígena. Tomar esa fe representaba un gesto de traición a toda su cosmovisión, una traición a sí mismo.

La labor de los misioneros debió ser desesperante, llena de impotencias, pero el misionero quiere comprender que la obra no es propia, es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia.

Entonces viene en auxilio la poderosa intercesión de María Santísima en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, cuyo mensaje de amor a una nación lastimada, sigue haciendo eco en la historia del pueblo mexicano y en todo el mundo.

El acontecimiento guadalupano más allá de un sincretismo religioso

El ser humano, por la consciencia de sí, manifiesta una actividad espiritual que le trasciende, es lo que la Iglesia llama: «homo capax Dei» es decir, el ser humano, por la gracia de Dios que habita en él, es “capaz de Dios”, puede pensar en Dios, de ahí el origen de la diversidad religiosa en las culturas; el ser humano se abre paso a la verdad y trascendencia, no como decisión, sino que le es inherente.

Lo distinto en el cristianismo es la afirmación que dice: es Dios quien se revela, viene al encuentro del hombre, se encarna en la realidad del ser humano:

«Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Siendo así, toda reflexión filosófica y teológica sobre Dios tendrá que ponerse de frente a Aquel que sin titubeos dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).

La gracia comenzó a desbordarse

La evangelización que corría como agua desbordante por la intersección de María Santísima de Guadalupe como el cause, era una evangelización silenciosa pero constante, que daba consuelo de los religiosos, reconocía la dignidad altísima de todo ser humano por el Misterio de la Encarnación del Hijo, y daba gloria de Dios «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (ITim, 2,4)

Inició una conversión en masa que desconcierta, pero alegra a los misioneros confortándoles en la evidencia de que no están solo: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20). Los conversos son contados por millares, mediante la catequesis, pero también otros donde los misioneros no habían ni siquiera llegado, les alcanzaba el mensaje trasmitido por San Juan Diego, y el “códice guadalupano” captado y bien entendidos por los indígenas, un mensaje que se trasmitía al estilo propio de los naturales.

Los testimonios de personajes del tiempo como fray Toribio Motolinia, fray Juan de Perpiñán, Francisco de Valencia, fray Gerónimo de Mendieta que contaban sorprendidos reportando millares, desde los niños hasta ancianos, todos con un corazón alegre, lleno de esperanza que contagiaba e inflamaba el corazón de los misioneros, es el inicio de las peregrinaciones que continúan hasta la fecha, uno de los Santuarios marianos más importante de toda cristiandad.

Madre del verdadero Dios por quien se vive

En el acontecimiento guadalupano, la Imagen bendita que se plasmó en el ayate de San Juan Diego, con la flexión de rodilla que figura bajo el manto, afirma que es Dios es quien viene al encuentro, María no es una diosa de los aztecas, su manifestación es de enviada, el color azul verdoso de su manto es propio de los “tlatoanis” (de los reyes), pero no de los dioses que la rodean (sol, estrella, luna, flores, etc.) y se someten ante quien especta ella, trae en sus manos las cintas y el ceñido comunes a quien espera el nacimiento de un hijo, la Madre de Dios, la Madre del «verdadero Dios por quien se vive», como dirá el relato Nican Mopohua, trae a su Hijo en el vientre para que nazca en la nueva nación, sea su fundamento y única esperanza ante la desolación de haberlo perdido todo, un consuelo eterno y tierno, propio de una madre.

El Cristianismo no es una cultura, no es la cultura occidental, el cristianismo toma lo mejor de las culturas con la que se encuentra. En el camino del hombre que busca a Dios, Dios le sale al encuentro, para dar sentido a aquello en su fe incompleto.

¿Qué fue lo que vieron los indígenas?

«Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo» (I Jn 1, 3-4)

Breve explicación a partir de elementos del “códice guadalupano” de la cosmovisión indígena

Es imposible en estas páginas poner toda la información sobre la cosmovisión indígena, es decir, la forma de ver y representar el mundo, su realidad. Pero queremos ofrecer algunos elementos que servirán para mirar en la bendita Imagen de Santa María de Guadalupe el trasfondo en clave “códice” que informó en la comprensión náhuatl a miles de indígenas que buscaron posteriormente bautismo en la fe cristiana. Cabe decir que el códice por sí mismo dice mucho pero no todo, ya que a un códice le corresponde siempre una narración, lo que llamamos tradición oral.

La tilma (ayate): para el indígena, símbolo de su ser persona, envueltos en la prenda, manifestaban su consagración a la divinidad para su protección. El que la Imagen se plasmara en esta prenda, revela que esta consagración tiene por mediadora a la Virgen de Guadalupe.

Los colores de todo tipo en manto: Pintar los vestidos era privilegio solo de los “nobles” aztecas. Con los colores del ayate, San Juan Diego, y con él todos los indígenas, quedaban entendidos como personas de alta dignidad, algo que sentían ellos haberles despojado las guerras de conquista. Esta comprensión llegó a los españoles hasta la postula de la Iglesia por parte de Papa Paulo III en 1537, en la bula Sublimis Deus, donde afirmaba que los nativos tenían alma y merecían ser tratados como hijos de Dios y no como bestias, aptos para recibir los sacramentos.

Flor de cuatro pétalos: las “flores y el canto” en la cosmovisión náhuatl, hacen referencia al lugar donde habita la verdad, el pensamiento filosófico y teológico náhuatl es muy completo en conceptos inmanentes y trascendentales, la verdad está más allá de ser un vocablo. De entre todas las flores, una es la más importante, la “flor solar” Nahui Ollin, símbolo que manifiesta al Dios «único, omnipotente y eterno, siempre en movimiento, dueño de la vida del cielo y la tierra». Aparece una sola en el manto, precisamente en el vientre de la Imagen de Nuestra Señora, es a ese Dios al que engendra.

Sol atrás, luna bajo los pies, estrellas en el manto: es curioso que, aun si es la Madre de Dios, el indígena entiende perfectamente que eso no la hace diosa, es ser humano como todos ellos. Es mensajera de “los dioses”, enviada por ellos, pero al mismo tiempo superior a ellos, al ser cargada por el ángel (el dios cargador de eras de los aztecas) es titular de la nueva Era. Los dioses están sometidos todos al servicio del embellecimiento del Códice dejando al centro la “flor solar”.

Vestido Rosa (rojo): para el indígena, el rosa es el color del rumbo de la vida, la región que direcciona al Este, si ubicamos la aparición es precisamente el lugar geográfico al que se dirige San Juan Diego cuando escucha los “cantos”. (el viniendo del Oeste, color negro, rumbo de la muerte)

Manto Verde Azulado: propio de los reyes, no de los dioses

Cinto Negro o Morado: signo de estar encinta al mismo tiempo que es Madre

La identidad mexicana es guadalupana

El acontecimiento guadalupano tiene evidentes repercusiones sociales innegables, es el evento que unió las cosmovisiones europeas con las americanas, necesario punto de partida para una seria reflexión sobre la identidad nacional mestiza, concreción evidente de los habitantes del México posterior a Santa María de Guadalupe: no indígena, no español, sino mexicano. La Imagen de la Tilma del Tepeyac fue para España la aparición de una advocación de la Virgen María; para los indígenas, Códice lleno de verdades que esclarecían sus tinieblas en el entendimiento sobre su trascendencia y Dios. Para el mexicano, es la Madre amorosa que consuela, protege y ora en intercesión constante: «Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?».

Qué fue lo que oyeron los indígenas?

Sem. Hugo Gaucín

Con colaboración de Santiago Milani SX.

Breve explicación de la “transliteración” de la tradición oral del acontecimiento guadalupano en el documento Nican Mopohua.

Nican Mopohua (Aquí se narra), es el documento referencial sobre las apariciones de la Santísima Virgen de Guadalupe. Se desarrolló en un estudio comprometido de sabios indígenas, la transliteración del Códice y su narrativa a la escritura quedó en manos del indio D. Antonio Valeriano (1520-1605), este personaje creció y aprendió desde la infancia el idioma Náhuatl y Castellano, el Latín lo aprendería posteriormente. Fue discípulo y compañero de Fray Bernardino de Sahagún y contemporáneo de San Juan Diego (1474? -1548), a quien conoció siendo el un niño de 11 años y probablemente escuchó. El idioma, nunca dialecto, con el que se dirige Santa María de Guadalupe a San Juan Diego es el Náhuatl, aunque sencillo, no menos eficiente en revelar el carácter del indígena, capaz de simbologías trascendentales: belleza, verdad, grandeza, poesía, filosofía, y teología. Sus conceptos, términos y categorías están bien desarrolladas y listas para recibir el Mensaje de la Salvación.

El códice y la tradición oral, no son prestas a la relatividad del entendimiento, de ser así, el desarrollo del conocimiento de las ciencias y la concepción de la verdad en los pueblos indígenas no hubiera sido posible, y por lo que toca al Códice Guadalupano y la trascripción escrita de la tradición oral sobre el testimonio de las visiones de San Juan Diego a los indígenas, Nican Mopohua, es, para los comprometidos y verdaderos buscadores de la verdad, un buen punto de partida para una jugosa investigación con la aplicaciones metódicas propias de la filosofía u ontología del lenguaje. La aseveración lastimosa de perezosos pseudointelectuales que disminuyen la síntesis del encuentro de cosmovisiones como un ordenamiento intencional engañoso por parte de los religiosos para convertir a los indígenas al Cristianismo, les cierra a pistas trascendentales sobre la reflexión filosófica o teológica de Dios, conclusiones desarrolladas en polos distintos de la tierra de una verdad que se encuentra más allá del lenguaje.

Atributos mencionados sobre la divinidad
«Oye, hijo mío, el más pequeño, digno Juan […] Entonces Ella le platicó y le descubrió su preciosa voluntad. Le dijo (Itlazonequiliz)»
Teología cristianaPalabras de Santa María de Guadalupe en náhuatlTeología indígena
El nombre referido de San Juan Diego al Obispo, antiguo inquisidor, Zumárraga le hace descartar el culto en el Tepeyac a la diosa Tonantzin “nuestra madre”. Se presenta Virgen Santa María según el segundo dógma mariano, María, Virgen perpetua (aeiparthenos) que pronunció el concilio de Constantinopla 553.– In Nicenquizca cemicac ichpochtli, Sancta María in Ninantzin.Sabe y ten seguro en tu corazón, hijo mío, el más pequeño, que Yo soy la siempre Virgen, Santa María.
La aparicion no deja lugar al indigena de comprenderle como diosa, se refiere a Ella como  «niña mía». Ella dice ser Madre de Dios (no de los dioses) atendiendo al cuarto dógma mariano del Concilio de Éfeso 473        in huel nelli Téotl (Dios) nijNantzin  Madre de el Dios de Gran Verdad (Madre del verdadero Dios)   El dios indígena es “uno y dual (padre y madre)” no son politeístas, los “dioses, son desdoblamientos del dios “uno y dual” para abarcar los cuatro puntos del universo (según la comovisión) su nombre es Ome-teotl conformado por Tonaca-Tecutli (Señor de nuestra la carne, Padre, cielo, sol, águila) y Tonaca-Cihuatl (señora de nuestra carne, tierra, luna, serpiente)   
«Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gn 1, 27)in  IpalnemohuaniAquel por quien  vivimos
«Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.» (Gn2,7)in TeyocoyaniCreador de personas (el que inventa personas)
«porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles […] él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1, 16-17)in tloque nahuaqueDueño de lo que está cerca y junto
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1,1)in ilhuicahua, in tlalticpaqueEl Señor del  cielo y de la tierra.  
«Soy vuestra piadosa (misericordiosa) Madre; quiero mucho y deseo vivamente que en este lugar me levanten mi ermita: en ella quiero mostrar mi amor, mi compación, mi auxiolio y mi defenza» Las enseñanzas de los códices y la tradición oral son performatívas, es decir, se insertan y trasforman la realidad material fundada en la espiritual.
Non fecit taliter omni nationi “No ha hecho cosa igual con las demás naciones”. Con estas palabras Papa Benedicto XIV en 1754 declaraba a la Santísima Virgen María de Guadalupe Patrona de México.   El sentimiento de inferioridad de los pueblos indígenas es alimentado por una enfermedad social que consiste en superponerse con distinción frente a ellos; es enfermedad porque se trasmite de generación en generación y sus síntomas, la ignorancia y el racismo, brotan de una apática búsqueda de la verdad comprendida ella sólo como “inchazón” de conocimiento. Culmina en la muerte en sus dos formas: una muerte del alma que intoxica nuestra sociedad mexicana y efectúa, al igual que permite en el silencio impune, las masacres de pueblos indígenas para despojarles de sus pertenencias y engañarse de saciar el hambre ávida de la avaricia, como en la antigua caída de Tenochtitlan. El mensaje de guadalupano no es un cuento dulce de leer, es un llamado al mexicano a la hermandad que brota del tener una sola Madre en María, y un solo Padre que nos revela y nos hace sus hijos el Hijo de Dios, Jesucristo. (Cf. Ef 1,6)  

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