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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

Hablar de la Iglesia Particular, es decir, de la Diócesis, es imprescindible hablar también del Obispo, pues no hay Iglesia particular sin Obispo. Cabe señalar que hoy contamos con una profunda y rica reflexión teológica en torno a la figura del Obispo, principalmente por dos documentos: el Decreto sobre el Oficio Pastoral de los Obispos en la Iglesia (Christus Dominus) y la Exhortación Apostólica “Pastores Gregis” de san Juan Pablo II. Nos enseña la doctrina y la práctica pastoral milenaria que el Obispo, quien ha recibido la plenitud del sacramento del orden, preside, en nombre de Jesucristo, la comunidad diocesana como maestro de doctrina, sacerdote de culto sagrado y como ministro de gobierno, con potestad propia y ordinaria, como nos lo dice la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” en el numeral 20.

El Obispo no es un delegado del Papa, sino que actúa él mismo con la autoridad de Jesucristo, del cuál es vicario en su diócesis; su persona es sacramento del sacerdocio de Cristo y actúa en nombre del Salvador. Es sucesor de los apóstoles en comunión colegial con los otros Obispos y en comunión con la cabeza del Colegio Episcopal, que es el Papa.
La tarea del Obispo en su Iglesia particular es la de coordinar prudentemente todas las respuestas pastorales válidas, discerniendo los distintos carismas que el Espíritu suscita en su Iglesia, y mantener la unidad de su Diócesis. Como maestro de la fe, debe garantizar la ortodoxia y mantenerse fiel al Depositum Fidei, cumpliendo la tarea difícil de señalar los

errores doctrinales que se ciernen sobre su grey, pero sobre todo, animando a la reflexión creyente para una mejor explicación de la fe vivida en el contexto concreto de su Iglesia particular.
Como pastor, debe ser el primer promotor de los procesos catecumenales, de los que inician el itinerario de fe cristiana, y catequéticos. Debe presidir la Eucaristía y predicar la Palabra de Dios. Coordina y anima los procesos pastorales a los que da dirección e impulso. De forma particular, como miembro del Colegio Episcopal, en comunión con el Papa y presidido por el Romano Pontífice, debe mantener una preocupación por todas las Iglesias del mundo a las que debe prestar ayuda fraterna y subsidiaria. Con los presbíteros debe mantener una estrecha relación de padre, pastor, amigo y hermano mayor, además de presidio y coordinar el Colegio Presbiteral, del que es cabeza.
Al Obispo diocesano se le debe apreciar no por sus cualidades o virtudes humanas o por su carisma personal, sino por el mismo hecho de ser el Obispo diocesano, vicario y representante de Jesucristo. “Donde está el Obispo ahí está la Iglesia”, decía San Ignacio de Antioquía subrayando su importancia. Como cristianos debemos orar por él, expresar nuestro afecto cristiano, la cercanía en los momentos de dolor y prueba e, incluso, ejercer la corrección fraterna, si fuera necesario. Una forma muy concreta de expresión de comunión con él es el asumir el proceso pastoral que el Obispo encabeza.

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