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Laura Castro Golarte

Fray Antonio Alcalde nació y vivió durante casi todo el Siglo de las Luces. Sin esa conciencia, claro está, sin embargo, sí fue influenciado por las ideas que circulaban en aquella época en una España sometida a sucesivos conflictos, incluida la guerra de sucesión cuando termina el reinado de los Austrias y comienza el de los Borbones.
El siglo XVIII, el de la Ilustración, es el siglo del siervo de Dios, quien desde muy temprano decidió y/o aceptó estudiar en un seminario, con los dominicos. Se entregó a la vida espiritual con los predicadores, entre cuyas máximas está, justamente, la enseñanza.

Uno de sus biógrafos más citados, el historiador Luis Pérez Verdía, consideraba al fraile dominico como el “verdadero” fundador de la educación primaria en Jalisco y, de forma destacada, se le reconocen ya, hoy en día, sus gestiones para la erección de la Real Universidad de Guadalajara. El Dr. Horacio Padilla Muñoz, estudioso, admirador y promotor de la vida y la obra del dominico, escribió: “Fray Antonio, ciego siempre por el amor a la verdad y consciente (de) que esta hace a los hombres libres, promocionó las ciencias y la cultura con el mismo fervor que la religión” (Padilla, 1995).

Antes de ser designado obispo en Indias, Alcalde dedicó su vida a estudiar y a la docencia, actividad que empezó a los 20 años y ejerció hasta poco antes de su llegada a la Nueva España, 42 años más tarde.
En Mérida, primero, y después en Guadalajara, Alcalde nunca perdió de vista la educación como una misión fundamental de la orden a la que pertenecía; una misión vigente de la orden de predicadores.

Si bien eran muchas las necesidades en las diócesis que encabezó, nunca soslayó o le restó importancia a lo que en realidad era su predilección: el conocimiento; así lo demuestran las acciones que emprendió en esta área. Esto permite inferir que Alcalde estaba convencido de combatir la ignorancia y comprometido con esa tarea ineludible y gozosa: “El obispo Alcalde formó parte de ese grupo de
prelados españoles de la segunda mitad del siglo XVIII que simpatizaban abiertamente con las ideas políticas, sociales y religiosas del Siglo de las Luces”, según escribió la Dra. Lilia Oliver en su artículo “El Hospital Real de San Miguel de Belén” para el libro que coordinaron Juan Real Ledezma y Ernesto Villarruel Alvarado (coords.), Utopía y acción de fray Antonio Alcalde 1701-1792 (2018). Aparte, coincido con la referencia que hace la misma Dra. Oliver tanto de Enrique Florescano como de Isabel Gil Sánchez en el sentido que estos frailes influyeron en la transformación de la mentalidad colonial. Florescano y Gil, sin embargo, en su lista de religiosos no mencionan a Alcalde a pesar de que actuó en la misma época y en la misma línea que describen ambos historiadores: dar a la Iglesia una proyección externa más social y filantrópica; y, en materia educativa: creación de colegios y seminarios —en el caso de Alcalde, universidades— y reformas en los programas de estudio, por lo menos, amén de la visión ya citada de ponderar una “filosofía político-caritativa”.
Quizá no lo incluyen (aunque fácilmente se pudo hacer la acotación), porque Antonio Alcalde era promotor de la obra de Santo Tomás de Aquino en tiempos en que la escolástica era combatida por la filosofía moderna.
De hecho, los textos que solicitó Alcalde para los seminaristas en Mérida eran escolásticos. Cabe decir también que Florescano y Gil critican severamente a los prelados que enlistan, porque a raíz de la independencia de las colonias británicas y, sobre todo, de la Revolución francesa, esos clérigos, muchos de ellos, tuvieron que dar “marcha atrás” a las ideas ilustradas. La descripción que hacen los historiadores citados, es fuerte:
“Pero como ocurre con frecuencia con las generaciones que se enfrentan a una doble tarea de socavar los cimientos de una tradición y de iluminar senderos y perspectivas futuras, la de gobernantes, funcionarios y religiosos españoles que dirigió la Nueva España entre 1770 y 1810 padeció las amargas quemaduras de la contradicción, la frustración y el desgarramiento interior”.

Es extraño, no obstante, la obra de Alcalde habla por sí misma y en este espacio le dedicaremos varias entregas a todo lo que hizo en Nueva España a favor de la educación en distintos niveles.

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