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Jesús veía a la multitud, que lo seguía, que lo buscaba, que dejaba todo para seguirlo y escucharlo. Al verla, se llenaba de compasión, porque las veía extenuadas y desamparadas.
Observar esta necesidad fue la que dio origen a la misión de Cristo entre nosotros y a la misión de su Iglesia.
Ve la gran necesidad que tiene la humanidad del amor, de la misericordia y de la compasión de Dios, y por eso, inmediatamente puso manos a la obra y eligió a los primeros Doce Apóstoles, llamándolos por su nombre.
A ellos los escogió para la misión, quiso que ésta se llevara a cabo con la participación de todos, de dos formas: con la oración, para que envíe Dios más trabajadores a su viña, e invitándolos a actuar.
A los Doce les dio poder para expulsar los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedades. Las multitudes estaban necesitadas de todo, y por eso escogió a los discípulos, para que les dieran respuesta.
La primera etapa era cumplir el mandato con el pueblo escogido, Israel, y después de su muerte y Resurrección, que la misión se abriera para todo el mundo.

Comenzarían por anunciar que el Reino de Dios estaba cerca. Este Reino consiste en la presencia y en la acción del amor infinito de Dios, encarnadas en la persona de Jesús, y luego, encarnada en todos sus discípulos.
El Señor pide que, antes de dar enseñanzas doctrinales, se proclame el Reino de Dios, que curen a los enfermos, que resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios.

El amor de Dios se tiene que manifestar en hechos concretos que den respuesta a necesidades que sufren las multitudes, que padecen penas, dolores, tristezas, dudas, rencores.

Todo lo que afecte a la persona es materia de tratamiento con el amor misericordioso y compasivo de Dios. La vida de Jesús nos dice cómo actuar. Él consolaba a los tristes, curaba a los enfermos, defendía a los pecadores de los que se sentían perfectos.
Esto es lo que espera que hagamos nosotros, como sus discípulos y como su Iglesia.
Ésta es la misión, nuestra misión, y por eso, ante las multitudes, nadie está excluido, nadie está previamente señalado como indigno de pertenecer a la familia de Dios, porque Jesús no establece categorías en las personas.
Todos los que van por la vida gozando de los bienes materiales, pero vacíos en su interior, cargando con dudas e incertidumbre en su existencia y que no son felices, también son invitados a participar del amor y la compasión de Dios.

El Concilio Vaticano II abrió sus brazos a todos los hombres, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus esperanzas y en sus desilusiones. La Iglesia quiere abrazar a todos y a todo el hombre como está, como sufre, para darle el mensaje del amor de Dios.

Nos debemos hacer dos preguntas: ¿Cuánto me siento acogido por la misericordia de Dios en el seno de su Iglesia? ¿Cuánto experimento su misericordia? Y, ¿cuánto estoy dispuesto a ser misionero del amor de Dios, y transmitir, especialmente a los más necesitados, que Él está para consolar, curar y amar?

Yo les bendigo en el Nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo.

@arquimedios_gdl

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