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Miguel Ernesto Placeres Guevara de 4° de Teología.

A finales de junio de 2008, estando yo finalizando 6° de primaria, la Santa Misa de fin de cursos y acción de gracias de Semfam fue en el Seminario Mayor. Llevaba yo apenas poco más de dos meses como seminarista, y estaba muy entusiasmado. Recuerdo que me tocó estar en una de las tribunas de la segunda planta de la capilla. Al final de la Santa Misa, presentaron a los que serían los diáconos, que prestarían su servicio el siguiente año en Semfam, y me quedó muy marcada su vestimenta: sotana cota y estola cruzada. En esos momentos pensé para mis adentros: “algún día viviré en este seminario y seré también diácono y andaré vestido así”.

Y tempus fugit (el tiempo vuela): Curso 2021-2022 y ya en 4° de Teología, el ambiente del grupo se sentía ya con aires de una cierta nostalgia de saber que será nuestro último año juntos. También experimentamos la adaptación a un nuevo estilo formativo, ya que tenemos un nuevo padre Vicerrector, el Padre Lupercio (conocido ya para algunos de nosotros pues fue el Prefecto General durante nuestro primer año en el Seminario Menor). Ser los mayores de la casa es asimismo una experiencia de compromiso, responsabilidad y testimonio.

Sin embargo, lo que en definitiva ha sido el verdadero leitmotiv de 4° de teología ha sido el diaconado. Desde septiembre, los nervios, y la esperanza de presentar, buena parte del grupo nuestra solicitud para pedir el orden sagrado. Esperar los resultados de los escrutinios que uno a uno nos iba informando paternalmente el padre Vicerrector. Nuestra progresiva preparación espiritual ante tan inmerecido don de Dios. Los ejercicios espirituales. Afinar los últimos detalles del alba, la estola y el cíngulo. La solemne firma de la promesa del celibato y la obediencia y la profesión de fe.

Y llegó el día: 24 de diciembre, 24 compañeros salimos de esta casa hacia el Santuario de los Mártires para recibir de manos de nuestro Padre y Pastor, el Cardenal Robles el don del diaconado. Tantas veces nos había tocado presenciar como ordenaciones “desde abajo” y estábamos ahora formados con nuestra alba preparados para ser testigos en carne propia de como Dios toma nuestra miseria y la transforma nada más menos que Él mismo, el Diácono por autonomasia.

Conforme pasaban los distintos ritos durante la celebración el misterio de la acción de Dios se iba encarnado en nosotros: la bendición de nuestra familia al ser nombrados, la promesa de obediencia frente al obispo, la postración, la imposición de manos, la oración consecratoria, la vestición con la estola y la dalmática, y nuestras primeras bendiciones.

Momentos que quedarán marcados en nuestra memoria por siempre y durante los cuales seguramente más de alguna lágrima rodó por nuestras mejillas.

Durante las vacaciones navideñas estuvimos sirviendo en nuestras propias comunidades, que fueron testigos de nuestras primeras homilías, bendiciones con el Santísimo, y en el caso de algunos de nuestros compañeros, bautismos y hasta bodas. También la experiencia del rezo de la liturgia de las horas, la oración de la Iglesia, ya nuestra devota obligación canónica, ha sido una verdadera columna para nuestro aún flamante ministerio.

Regresamos al Seminario el 3 de enero para concluir el semestre y presentar los exámenes. Nos tocará según un rol ayudar en la celebración eucarística comunitaria y hasta predicar 2 veces a la semana y dirigir la hora santa. Revestidos en la Santa Misa de modo ordinario con sotana, cota y estola. La verdad aún cuesta trabajo asimilar este don tan precioso como inmerecido.

@arquimedios_gdl

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