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Cada uno de los roles, los desarrollamos con todo el empeño y entusiasmo de que somos capaces, la mujer que ama, está en condición de
entregarse en cada actividad que su vocación le demande.
Recuerdo hace años, cuando la mujer se avergonzaba de “sentir que no
hacía nada” porque no tenía profesión, solo era ¡una simple ama de casa!
Hoy que la vida, la tecnología y hasta la pandemia nos ha llevado a vivir de
otra manera, la mujer estudia, se supera y trabaja, ayuda en la economía del hogar y busca que su familia colabore, trabajando en equipo. Todavía más, la mujer se da tiempo de seguir cultivándose, llevar una vida social sana, ayudar a su comunidad, se da tiempo de hacer un apostolado o servicio social.
Hemos sido capaces de superar los retos y nuestro genio femenino se hace
latente en el respeto que exigimos y merecemos ante nuestra difícil misión.

Las mujeres también debemos ser las primeras que pongamos a trabajar ese “don de la femineidad” en nuestra unión esponsal, que no solo es con el esposo, sino con Cristo mismo, elevando nuestro quehacer a la sublime misión de nuestro ser.

San Juan Pablo II ha abierto las puertas a una rica y fecunda teología
de la mujer, que se fija en la Virgen María como inspiradora sin igual. (Carta a las mujeres en la Conferencia de Pekín, en 1995).
Y por ello, hay que felicitarnos, porque hemos sido capaces de superar retos, pérdidas y duelos que marchitarían el alma de cualquiera. Somos nosotras ese motor que hace que sea una empresa divina, bendecida y cuidada por el Espíritu Santo, donde hombre y mujer se entregarán en la dichosa tarea de amarse, procrear a sus hijos, educarlos, dejarlos partir llegado el momento y seguir formándose en este ejercicio vital llamado matrimonio y familia.

Estos nuevos retos, las mujeres de todas las edades los hemos asumido con agrado, enfrentando largas horas de trabajo, cansancio, el uso de la tecnología, en la inteligencia de que podemos salir airosas con la ayuda de las gracias actuales y de estado, que nos han sido dadas en gratuidad en el Sacramento del Bautismo.

A las mujeres también las llama Nuestro Señor en Genesís 2:24, a la fidelidad, a dejar padre y madre, a unirse a su compañero y formar así una sola carne, a ser coparticipes de la creación maravillosa, patente y latente en el nacimiento de los hijos; en está dignidad que nos otorga en el kairós infinito de Dios.
Entendamos que “dejar” no es abandonar, dejar es formar un nuevo
mundo donde dos que se aman construirán sobre roca firme su casita sagrada, donde la mujer que se aprecia a sí misma, desarrollará sus capacidades en toda su dimensión de persona.
Donde sobreabunde la misericordia, el perdón, la comprensión y la comunicación. No se puede cimentar una sociedad, nación o civilización, sin compromiso, responsabilidad, sin familias, sin matrimonios y sin AMOR.

Estás llamada a ser líder positiva de la sociedad y el mundo; buscas la
dracma perdida hasta encontrarla, eres la que, de rodillas, ora y suplica por tu esposo e hijos, cualidades que te hacen única, insustituible e irrepetible, fiel administradora de tu hogar, posees el corazón de los tuyos, más importante aún, te posees a ti misma, con esa misma dignidad que la Santísima Trinidad nos ha dado siguiendo el ejemplo de María.

Mujer: ¡Supérate, cultívate… sigue floreciendo y perfuma con tu aroma de ternura infinita a quienes te rodean!
Mujer: “¡Honra tu ser y tú quehacer”.
Talento y cualidades te sobran, desarróllalos, es tiempo que descubras las maravillas que Dios hizo en ti.
Te abrazo con corazón de mujer.

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