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Pbro. Ernesto Hinojosa Dávalos

En los procesos electorales los actores políticos, sean partidos como candidatos o inclusive funcionarios públicos, están ávidos de conseguir la mayor cantidad de votos posibles. Las campañas, propaganda y todo acto de proselitismo lo consideran necesario para allegarse simpatizantes; es de sumo interés para ellos incorporar el llamado voto católico en su haber. No es de extrañar, por lo tanto, que algunas de sus tácticas incluyan las versiones o las leyendas que la Iglesia tiene un partido político o candidato preferido, o peor aún, que la Iglesia tiene su propio partido o postula candidatos. Cabe recordar que los católicos no solamente pueden, sino deben participar en las actividades políticas, cada quien según sus posibilidades y capacidades, por lo que formar parte de los partidos políticos es también un derecho que ostentan. Sin embargo, es necesario recordar que los fieles cristianos están llamados a participar de ellos, pero de manera muy particular, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia lo señala así:

“Un ámbito especial de discernimiento para los fieles laicos concierne a la elección de los instrumentos políticos, o la adhesión a un partido y a las demás expresiones de la participación política. Es necesario efectuar una opción coherente con los valores, teniendo en cuenta las circunstancias reales. En cualquier caso, toda elección debe siempre enraizarse en la caridad y tender a la búsqueda del bien común. Las instancias de la fe cristiana difícilmente se pueden encontrar en una única posición política: pretender que un partido o una formación política correspondan completamente a las exigencias de la fe y de la vida cristiana genera equívocos peligrosos. El cristiano no puede encontrar un partido político que responda plenamente a las exigencias éticas que nacen de la fe y de la pertenencia a la Iglesia: su adhesión a una formación política no será nunca ideológica, sino siempre crítica, a fin de que el partido y su proyecto político resulten estimulados a realizar formas cada vez más atentas a lograr el bien común, incluido el fin espiritual del hombre” (n. 573).

La actividad política es una noble labor destinada hacer el bien a la sociedad que implica no pocos sacrificios de los involucrados, por eso “la Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio”, como señala el Concilio Vaticano II en Gaudium et spes n. 75. Evidentemente se refiere a las personas con sincera vocación al servicio público cuyo máximo interés es la consecución del bien común.

Por ello, cabe decir categóricamente que la Iglesia institución, no tiene, no apoya ni señala a partido político o sus candidatos como propios o favoritos; la Iglesia, por propia constitución, no puede hacer política partidista, lo señala su Magisterio y está consignado además por las leyes mexicanas. Se involucra acompañando a sus fieles, ofreciendo herramientas para la participación ciudadana y elementos para discernir el voto de acuerdo a las exigencias propias emanadas del Evangelio. No nos dejemos engañar.

@arquimedios_gdl

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