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Del gobierno se requiere menos retórica y más acciones directas.  A nosotros como ciudadanos nos toca exigir nuestros derechos, el principal de ellos, poder vivir como seres humanos.

Ignacio Román Morales

iroman@iteso.mx

Hace un siglo, los “fabulosos veinte” se mostraban a la humanidad como el éxito del capitalismo y del libre mercado frente al extraño experimento del socialismo soviético. El fin de la pandemia (la “gripe española” y de la primera guerra mundial, la aparición del charlestón, el atrevido cambio de vestimentas, el incremento clandestino en el consumo de alcohol, la masificación del uso de la electricidad y de los automóviles, así como –sobre todo-  el auge de la especulación financiera, serían las marcas de aquella década. ¿Quién podría esperar que súbitamente se precipitaría la mayor crisis de la historia del capitalismo al final de esa década?

Creíamos que eran tema superados

Un siglo después, cuando imaginábamos que eso de las pestes y pandemias eran historias terribles de la Edad Media, cuándo el tema central era la IV Revolución Industrial, volvimos –de nuevo súbitamente- a constatar nuestra fragilidad humana ante la naturaleza y ante la vulnerabilidad derivada de la gigantesca concentración de la riqueza en menos de un puñado de ultramillonarios.

El 2020 cerró con crisis en prácticamente todo el mundo. Sólo algunos países, como lo es paradójicamente China, tendrán un leve crecimiento. En contraste, la gran mayoría de la humanidad será más pobre de lo que era al término del 2019. En el caso de México, la riqueza económica producida (el PIB) será entre 8.5 y 10% menor, con una población alrededor de 1.5% mayor.

Esto se traduce en mayor pobreza, salarios menores por trabajador, endeudamiento, quiebra de empresas (sobre todo micros y pequeñas) y pocos recursos en las arcas públicas.

No todo es culpa del gobierno

Sin embargo, el gobierno de AMLO (que enarbola la lucha anti-neoliberal) podría presumir sus logros justamente en aquello prioritario para los “neoliberales”: baja tasa de inflación, reducción de tasas de interés, altas reservas de dólares, bajo déficit fiscal, bajo déficit externo, bajo endeudamiento, etc. En cambio, no podrá atribuirse logros similares en materia social, ambiental, cultural, en investigación y desarrollo, etc.

Sería injusto atribuirle toda la responsabilidad a lo hecho por el gobierno. El impacto del Coronavirus es un buen ejemplo: no era posible generar mágicamente los hospitales, clínicas, ambulancias, laboratorios, médicos, enfermeras, laboratoristas, camilleros, paramédicos y logística general que se requería para enfrentar la pandemia.

Crear un sistema de salud adecuado hubiera requerido, durante muchos años, haberle otorgado a la salud la importancia que requería en vez de regalar millonadas de subsidios a las “empresas competitivas” para maquilar las exportaciones mexicanas o para facilitar la elusión y la evasión fiscales.

Tampoco es culpa del gobierno federal actual el que se haya facilitado durante décadas el encumbramiento de empresas dizque alimenticias, productoras de chatarra comestible hipercalórica e hiperindustrializada, productoras, por ende, de diabetes, hipertensión y obesidad (entre otras comorbilidades de la pandemia); tampoco es su culpa el que se haya promovido históricamente la movilidad motorizada individual altamente contaminante, las formas de trabajo precarias y patogénicas, la urbanización caótica dispersa y en “sembradíos de rotoplas” sin espacios deportivos, culturales, de cuidado de menores, de escuelas, de centros de salud, etc.

Lo que sí les atañe

Sin embargo, SÍ será responsabilidad de este gobierno si esa dinámica no cambia de fondo. En el 2021 el gobierno mexicano tendrá que asumir claramente sus cultos: mantener la estabilidad y la confianza de los inversionistas para evitar una crisis mayor o, por el contrario, priorizar a fondo la equidad social, la sostenibilidad ambiental, la infraestructura y capacidad médica para atender contingencias, la atención educativa para que los educandos defiendan todos sus derechos, su cultura y sus capacidades de construir futuro, etc.

Pero si opta por lo segundo, requerirá muchos más recursos financieros, capacidades técnicas, participación social, transparencia y reglas claras. Ello implicará menos retórica y más acciones directas: una reforma fiscal redistributiva, aunque genere un enojo todavía mayor por parte de grandes inversionistas y de los dueños del poder económico de México; una reforma ambiental que privilegie la garantía de futuro sobre las ganancias económicas inmediatas; una reforma tecnológica, que le apueste a nuestra inteligencia colectiva; una reforma cultural que fortalezca nuestro orgullo por ser quienes somos, nuestra autoestima.

Todo lo anterior no será fácil saliendo de una crisis tan grande como la que hemos vivido este año; cuando aún no sabemos cuándo terminará esta pesadilla del COVID; cuando estaremos inundados de un periodo electoral centrado en los dimes y diretes; cuando en los Estados Unidos no sabemos a ciencia cierta qué es lo que cambiará con el nuevo gobierno con respecto a nosotros; cuando las amenazas de salida de capitales crecen; cuando la polarización del discurso entre los “pro” y “anti” AMLO es cada vez más dogmática y menos argumentada.

¿Qué nos toca a los ciudadanos?

Recordar que somos ciudadanos y actuar en consecuencia. No somos súbditos del gobierno ni del poder económico enfurecido contra el gobierno. Somos personas dignas que exigimos nuestros derechos y el principal de ellos es el poder vivir como seres humanos, no sólo como “mano de obra”, “recurso humano”, “capital humano”, votantes, partidarios de Chana o Juana o perceptores de poco o mucho dinero. Si en serio creemos que el prójimo es igual a uno mismo, entonces la equidad, la sustentabilidad y la dignidad tendrán que ser las prioridades básicas. El costo de colocarlas como tales también tendría enormes costos, pero vale la pena enfrentarlos.

@arquimedios_gdl

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