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Víctor Ulín

Ejercer el periodismo en México y en Jalisco es cuestión de vida o muerte, en extremo.
Si históricamente quienes nos dedicamos a la profesión hemos sufrido el acoso y la persecución, y por supuesto que también la muerte –van 43 compañeros asesinados sólo en este sexenio, de acuerdo con Artículo 21–, hoy vivimos acorralados. Estamos más solos que nunca, ante un Estado incapaz de garantizar nuestra seguridad y la libertad de expresión, de todos.
En Jalisco, el reciente secuestro del compañero periodista Jaime Barrera exhibe el grado de vulnerabilidad al que hemos llegado por nuestro quehacer. La realidad es que estamos en total indefensión ante los poderes de facto, e incluso ante la clase política. Basta que alguien nos amenace con un arma, nos suba al auto y jamás vuelvan a saber de nosotros.
Ante esa soledad, nos queda lo que no debemos abandonar ni en este ni en los próximos momentos que seguiremos padeciendo por nuestro quehacer quizá hasta con mayor peligro: la solidaridad y fraternidad entre colegas. Nadie hará ni nos defenderá más que nosotros.
La denuncia y la protesta pública para demandar protección y la vuelta de nuestros compañeros secuestrados como Jaime Barrera, y exigir justicia por los tantos asesinados, no deben cesar ni callarse. Deben ser voces que retumben desde donde se pueda y cuando se pueda. Porque hay que asumir con crudeza que nos van mutilando la palabra para que nos ahogue el silencio y claudiquemos sin más resistencia.

No hay periodistas de primera ni de segunda en este también llamado oficio. La vida de cada uno es igual de valiosa. Lo lamentable es que para que la autoridad actúe se necesita que sea un colega con alta exposición y presionar, volverlo mediático y

entonces sí hace algo, aunque sea sólo para que nos den el aventón a casa como ocurrió con Jaime Barrera cuando la Guardia Nacional se lo topó en la calle, pero ya liberado, sin rescatarlo. No hubo eficacia de las autoridades de seguridad.

En esta encrucijada a la que las circunstancias extremas nos están llevando, vamos perdiendo. Es la verdad y debemos aceptarla precisamente para no quedarnos atados ni cruzados de brazos. La censura, autocensura y el miedo, –porque es natural sentirlo y parte de lo que nos mantiene de pie– avanzan a contracorriente de nuestra lucha por defender el derecho a ser libre, y a desempeñar una profesión que se debe a los ciudadanos.
Partir de cómo estamos, es darnos cuenta que sólo nos quedamos nosotros para continuar esta quijotesca lucha por la palabra y el quehacer periodístico que enfrenta varios frentes, además de la amenaza constante de la delincuencia organizada y penosamente del mismo gobierno.
Nos hemos quedado como la última resistencia que sigue asumiendo el compromiso con la profesión misma y los ciudadanos, de los que, –es un llamado–, tendrían también que ser más solidarios.
No podemos seguir alegrándonos cada que un colega periodista sea liberado o hallado con vida después de un secuestro como como el de Jaime Barrera, o del atentado sufrido por Ciro Gómez Leyva.
Lo que deseamos es que ningún periodista –ni sus familias– tenga que experimentar la pesadilla de un secuestro o un asesinato. Nadie, después de padecerla, vuelve a ser igual. Ya no somos los mismos.

@arquimedios_gdl

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