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Alfredo Arnold

Hace 55 años llegó a las pantallas una película que tuvo tanto éxito que, aun cuando no existían las sagas, se hicieron dos cintas más con el mismo tema. Nos referimos a “El Planeta de los Simios”, con Charlton Heston (coronel Taylor) como protagonista principal.
La trama era que una expedición espacial había perdido contacto con la Tierra y durante un breve tiempo estuvo vagando en el espacio, sólo que ese breve tiempo para la nave significó cientos de años para nuestro planeta (Teoría de la Relatividad, de Einstein).
La nave, por fin, aterrizó en un planeta poblado por primates humanoides inteligentes, con estructuras sociales más o menos articuladas aunque primitivas y con un gobierno monárquico y autoritario. Los astronautas fueron hechos prisioneros, pero el coro nel Taylor escapa y llega hasta una playa en donde se encuentra con una enorme sorpresa: ahí estaba, medio enterrada en la arena, la Estatua de la Libertad. Es entonces cuando los astronautas caen en cuenta de que no estaban en otro planeta, sino en la misma Tierra, cuya civilización se habría autodestruido a causa de una guerra nuclear, originando que una nueva raza evolucionada por la súbita transformación de los humanos a causa de la radiación –la raza de los simios humanoides– surgiera, se desarrollara y se hiciera dueña del planeta.

¿Y A QUÉ VIENE ESE RELATO?
Lo contamos porque, en muy pocos años, nuestra sociedad se ha transformado vigorosamente, no sólo en cuestiones tecnológicas sino en sus más arraigadas costumbres. Los jóvenes no lo notan, pero quienes ya pasamos de cierta edad lo vemos con resignación.
Este mundo no es el mismo al que había cuando éramos niños. No entro a discutir si es mejor o peor, pero ya no es el mismo, y para los “adultos mayores” representa todo un reto aceptarlo, adaptarnos y convivir de la mejor manera posible con las nuevas generaciones.

¿EVIDENCIAS?
Sí, hay muchísimas, pero me concentraré en algunas de las más visibles:

  • El matrimonio entre parejas homosexuales, cuya institución ya forma parte de muchas legislaciones.
  • Las personas “trans” que festinan su participación en política y otras actividades.
  • Las marchas pro aborto. No es que no existiera esta práctica en el pasado, pero hoy es considerada un derecho.
  • Crímenes y masacres constantes. Antes, un solo asesinato era motivo de investigación y reflexión social por varias semanas; hoy nos hemos acostumbrado a la barbarie y el crimen dejó de ser noticia.
  • Un presidente de la República pendenciero. Lo más parecido que habíamos visto fue a Luis Echeverría, con expresiones como “Qué digo ricos; riquillos”. En la Mañanera, en cambio, es constante la descalificación de opositores, empresarios, periodistas, activistas, funcionarios e instituciones.
  • Antes, el gobierno gastaba millones; hoy gasta billones, es decir, millones de millones.
  • Las ideologías polarizan con eficacia inusitada, a pesar de que ninguna de ellas ha logrado alcanzar el estado de bienestar para una nación.
  • Se prohibieron las corridas de toros.
  • Los circos ya no tienen elefantes, ni leones, ni animales que provoquen el sano deleite de niños y grandes.
  • Ya casi nadie lee los pocos periódicos que aún circulan.
  • Las jovencitas perdieron el pudor.
  • Debilidad de la familia. Los jóvenes prefieren la unión libre que los exime de compromiso y responsabilidad.
  • Los matrimonios evitan tener hijos.
  • La televisión transmite programas tan pornográficos, que aquella atrevida revista “Playboy” parecería hoy un libro de texto escolar.
  • Relajamiento, indiferencia o completo rechazo de los jóvenes a las cuestiones religiosas. Esto incluye a estudiantes de colegios católicos. Antes, por lo menos asistían a la Misa dominical antes de ir al fútbol o al cine.
  • Los viejitos viven temerosos de que un día aprueben la eutanasia.
  • La degradación del medio ambiente ha llegado a niveles que amenazan la sustentabilidad del planeta.

Y PODRÍAMOS SEGUIR…
A mis 76 años, no expongo lo anterior como queja, mi cercanía con jóvenes estudiantes, pero más estrechamente con mis hijos, nietos y bisnietos, me permite un acercamiento que intenta comprender los tiempos que les ha tocado vivir.
Ciertamente, los viejos sentimos nostalgia del mundo que se fue y que ha sido sustituido por otros valores y costumbres; sigue siendo la Tierra, pero habitada por otra civilización, como en la película. Eso ya no podemos cambiarlo.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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