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LA PALABRA DEL DOMINGO Juan López Vergara

Nuestra madre Iglesia recuerda hoy un milagro del santo Evangelio que tiene sus raíces en la mejor tradición, rico en detalles pintorescos e indicaciones precisas que denotan una experiencia realmente vivida. Pero ante todo pretende ser una instrucción catequética de cara a nuestra fe en la mismísima la persona de Jesús, siempre llamada a madurar (Mc 4, 35-41).

MALIGNAS FUERZAS OBSTACULIZAN EL EVANGELIO
Jesús decidió pasar con sus discípulos “a la otra orilla del lago” (v. 35). Es decir, al territorio pagano de la Decápolis, al dominio absoluto del demonio, según la mentalidad de la época. Los discípulos despidieron a la gente y llevaron a Jesús en la misma barca en que se encontraba (véase v. 36).

“De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenado de agua” (v. 37).

El mar es comprendido como la criatura que revuelve y encrespa perturbando el orden de la creación (compárense Sal 65, 8 y 93, 4).
Mientras tanto, Jesús dormía reclinado sobre un cojín (véase v. 38a). Jesús se presenta por completo como un hombre, quien después de un día de predicar en el lago a las multitudes se quedó tan dormido, que ni aquella estruendosa tempestad pudo despertarlo. Las fuerzas del mal obstaculizan por todos los medios la difusión el Evangelio.

JESÚS APACIGUÓ LOS ELEMENTOS DESENCADENADOS
Los discípulos despertaron a Jesús, e indignados reclamaron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (v. 38b). En Marcos esta pregunta contiene un matiz de reproche que ni Mateo ni Lucas conservaron (compárense Mt 8, 25 y Lc 8, 24). Jesús “se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: ‘¡Cállate, enmudece!’.
Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma” (v. 39). Increpó al viento como si fuera un demonio: el término griego empleado aparece en exorcismos (compárese Mc 1, 25 y 9,25), ¿un exorcismo cósmico?
La narración de Jonás quizá in uyó en la creación del relato, si bien Jonás debía orar a Yahvé su Dios para que la tempestad perdonara al barco (compárese Jon 1, 4-6). Marcos atribuye un comportamiento distinto a Jesús, insinuando así que es alguien más que Jonás, pues apaciguó con sus propias palabras los elementos desencadenados (compárese Mt 12, 41).

“¿QUIÉN ES ÉSTE, A QUIEN HASTA EL VIENTO Y EL MAR OBEDECEN?”
El siguiente verso tal vez lo añadió Marcos: “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” (v.40). El discípulo que llegó a tener la fe suficiente para seguir a Jesús debe, en los momentos difíciles, incluso frente al desolador silencio de Dios, mantener firme su confianza en Él.
El relato de milagro termina con un asombro compartido que conduce a preguntar: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” (v. 41). Esta pregunta, como afirma Pascal, es ya el principio de una respuesta: “Me buscarías acaso –dice el Señor– si no te hubiera encontrado”.

Muy apreciables lectores, para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, los exhorto a tomar conciencia que nuestra fe está llamada a madurar.

@arquimedios_gdl

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