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Querida Lupita:

Mi esposo me pidió perdón por una infidelidad. Le he perdonado y hemos iniciado un camino de la mano de Dios. Pertenecemos a un grupo católico de matrimonios y estamos en lucha. Su amante sin embargo, no lo deja en paz. Lo busca, le hace brujería, lo amenaza. Él me ha dicho que quiere dejar todo eso atrás, y me pide ayuda. No sabemos cómo actuar.

María L.

Hermana mía, María:

La única forma de acabar con el mal, es en abundancia de bien. Quizá te sorprenda lo que voy a recomendarte: por tu enemiga, haz oración.

“Pero yo les digo, amen a sus enemigos, bendigan a los que les maldicen, hagan el bien a los que les aborrecen, y oren por los que les calumnian y les persiguen” (Mt. 5, 44)

¿Recuerdas aquel pasaje bíblico en que unos hombres buscaban a Jesús para que sanar a su amigo paralítico?  Ellos se ingeniaron de tal modo que haciendo un boquete en un techo presentaron ante el Señor a su amigo enfermo. Y fue por la fe de esos amigos que Jesús sanó espiritual y físicamente a este hombre. 

Todos nosotros podemos interceder para que nuestro Dios tenga piedad y misericordia de nuestros hermanos. Santo Tomás explicaba que la oración es útil y necesaria, no para mudar los divinos designios, sino para obtener lo que Dios ha dispuesto otorgarnos por medio de ella.

Por lo tanto, no mudamos con la oración la voluntad de Dios, sino que nos limitamos a entrar nosotros en sus planes eternos.

Nuestro Buen Señor quiere para todos la salvación. Él no quiere condenar a nadie sino salvarle. Si actuamos en la misma dirección tendremos Su beneplácito y bendición.

Orar por nuestros enemigos es mandato divino y al hacer la voluntad del Padre, obtendremos bendiciones en esta vida y en la eterna. Una de las oraciones más hermosas en la Iglesia es la oración de intercesión. Quien intercede ante Dios por el bien de sus hermanos, demuestra generosidad sincera.

Y lo mejor que podemos pedir es: que esa alma por la que estamos intercediendo, ¡sea de Cristo!

Nuestra oración por nuestros amigos y enemigos sea así: “Señor, que él (ella) te abra las puertas de su corazón. Entra en él y quédate en él.  Llénalo de Ti. Bendícelo y condúcelo benignamente por el sendero que le llevará al cielo. Amén”

Lupita Venegas/Psicóloga

Facebook: lupitavenegasoficial

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