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Laura Castro Golarte

Todas las referencias sobre fray Antonio Alcalde, las conocidas hasta hoy, coinciden en una personalidad más bien austera, sencilla y humilde que, no por eso, era falta de carácter; al contrario.
Justo por esa sencillez, que imagino en el dominico tanto en aspectos mundanos (su forma de vestir,
de caminar o de comer) como espirituales (sabiduría, mesura, prudencia), creo que cuando recibió la orden real –que no invitación– para encargarse del obispado de Yucatán, con sede en Mérida, su reacción fue de sorpresa y sí, también de resistencia.
Esto último es apenas una interpretación que surge de la consulta que, para aceptar tal requerimiento,
el cigalés recién bautizado por Carlos III como “fraile de la calavera”, hizo a su superior fray Juan Tomás
de Boxadors, sobre si debía aceptar o no tal requerimiento.

Considerando las reglas de obediencia de los frailes, podría pensarse que no era necesaria ninguna consulta, a callar y obedecer, como se estilaba en aquellos tiempos; sin embargo, esto también nos habla de una personalidad, por supuesto, no rebelde, pero sí valiente y comprometida al grado de que podía rebatirle al mismísimo rey si lo consideraba pertinente, como de hecho lo hizo en por lo menos tres
ocasiones que ya iré contando.

La cuestión es que, con base en el espacio de experiencia del entonces Prior de José María Valverde,
recién nombrado con el mismo puesto, pero para trasladarse a Segovia, no estaba en su horizonte de expectativas cruzar el Atlántico, ni mucho menos hacerse cargo de una diócesis que entonces implicaba
una serie de responsabilidades hoy propias de gobiernos civiles en la Nueva España.

A la consulta de fray Antonio Alcalde, Boxadors respondió lo siguiente:
Illmô. Sr. y Rmô. Padre: Aunque yo sienta infinito, el que esta Provincia se prive de un sujeto de las calidades, cuales considero en usted; con todo, una vez que Dios por medio del Rey Nuestro Señor le llama al cargo Episcopal, y que usted, como buen hijo, pone en mis manos su determinación, le digo que acepte el obispado para servir a su Divina Majestad en el lugar al cual ella le escoge. Sírvase renunciarme el Priorato de Segovia, cuya confirmación habrá recibido, y anunciándole mil bendiciones del Cielo,
me pongo deveras a su obediencia, y pido a Dios le guarde, y prospere dilatados años. Benavente, y Septiembre 26 de 1761. Illmô. Sr. == B.L.M. de usted su más afecto servidor, y amigo == Fr. Juan Tomás de Boxadors, Ministro General de la Orden de Predicadores == Illmô. Señor, y Reverendísimo Padre D. fray Antonio Alcalde.

Esta carta se incluyó en lo que se considera, hasta ahora, la primera publicación de la imprenta en Guadalajara (1793), los Elogios fúnebres con que la santa Iglesia Catedral ha celebrado la buena memoria de su prelado el Ilmo. y Rmo. Sr. Ntro. D. fray Antonio Alcalde.

Es claro que el rey Carlos III había quedado impresionado con el Prior de Valverde, fray Antonio Alcalde y Barriga. La referencia de la anécdota del encuentro en Fuencarral es muy antigua y tiene, desde hace décadas, un tono legendario, en gran medida porque no hay un documento, un papel, una carta o algo que registre el acontecimiento digamos, de manera oficial; sin embargo, hasta donde se sabe, el testimonio data de los tiempos de Alcalde: la anécdota fue referida por primera vez por el cardenal Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón, coetáneo de Alcalde, según registra Mariano San José Diez en su biografía.

Fray Antonio Alcalde, con 60 años de edad, aceptó la orden real y empezó los largos trámites para embarcarse en Sevilla rumbo a las Indias occidentales.
Pasaron poco más tres años desde el encuentro del Prior de Valverde con el rey Carlos III (julio de 1760)
hasta su toma de posesión de la diócesis de Yucatán, en Mérida (1 de agosto de 1763), en las tierras que,
por cierto, fueron las primeras avistadas por las huestes de Hernán Cortés (más de 240 años antes) y que
de él recibirían el nombre de Nueva España, una vez consumada la Conquista.

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