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Mtro. Ulises Sánchez Origel

Responsable de Orientación Educativa de la Universidad Marista de Guadalajara

“La infancia se termina cuando te das cuenta de que algún día vas a morir”, cavilaba con melancolía el villano de la película “El Cuervo”, protagonizada por Brandon Lee. Tengo presente esta frase porque dice mucho de cómo vivimos nuestras vidas. La infancia tiene ilusiones, gentileza y la promesa de una vida por delante en la que la muerte no aparece en el paisaje. La consciencia de que vamos a morir, por un lado, nos asusta y tal vez hasta nos deprima, pero por otro lado nos aterriza en la realidad y nos impulsa a buscar sentido.

En la infancia somos entrenados para creer que lo más importante es cumplir con nuestros deseos. Si un pequeño niño tiene hambre, sed o cualquier necesidad; llora y quienes le cuidan se activan para resolver tales demandas. Pero si el infante está aburrido, de mal humor o desea algo que no se cumple y aumenta sus niveles de frustración, también llora y sus cuidadores están prestos a brindarle algo que le pueda distraer de lo que siente: un chupón, un juguete ruidoso, un dispositivo electrónico.

La expectativa es que, con el paso del tiempo, el infante madure y deje de exigir a los demás el cumplimiento de sus deseos para hacerse responsable de sí mismo, dejar de percibir su satisfacción como lo más importante, para adquirir conductas orientadas a contribuir con el bien común.

A un crecimiento de esta naturaleza es al que podríamos llamar vocación, es decir, un sentido de vida. Se ha cometido el error de creer que la vocación es a lo que nos vamos a dedicar. Va más allá de eso: mi vocación es mi propósito en la vida. Es posible distinguir la diferencia entre deseo y propósito. El deseo me impulsa siempre a obtener una recompensa satisfactoria, por ejemplo, si deseo un pastel de chocolate, lo consigo y comienzo a comer; las primeras cucharadas me serán muy satisfactorias, los siguientes bocados ya no sabrán igual y los siguientes serán empalagosos. Ya no tengo deseo de pastel y ahora busco cuál es mi siguiente deseo. Satisfacción efímera. En cambio, el propósito no está directamente relacionado con recompensas tangibles, tiene que ver con el sentido trascendente de lo que hacemos. A nadie le sirve que me atiborre de pastel de chocolate, ni a mí; pero a mucha gente le sirve que haga una aportación para la cura del cáncer, por ejemplo, sin importar que haya tenido que hacer mucho esfuerzo y padecer muchas incomodidades para lograrlo. Queda una sensación de realización.

Parece presentarse un temor de abandonar la dinámica de infancia, en donde todo está asegurado por cuidadores que protegen. He tenido la bendición de acompañar a muchos jóvenes que tienen dificultades para decidir qué estudiar. En el fondo hay una resistencia a crecer, porque la infancia es más segura, no hay que asumir responsabilidades. Sin embargo, cuando alguien encuentra su propósito, algo por lo que vale la pena dar la vida, la plenitud es inconmensurable.

En una cultura que sobrevalora la juventud, que considera que envejecer es un pecado imperdonable porque acerca a la conciencia de que la muerte nos espera, queremos que venga Peter Pan y nos rescate hacia la tierra del “Nunca Jamás”. El miedo de crecer es una condición humana muy entendible, no obstante, en la UMG estamos convencidos que la sinergia comunitaria de acompañarnos unos a otros puede ayudarnos a propiciar sentido y propósito para nuestras vidas. Si lo deseas podemos acompañarte.

@arquimedios_gdl

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