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PBRO. EDUARDO MICHEL FLORES

Una vez, vino a buscarme una señora mayor y me preguntó: “Padre, ¿es verdad que la decencia es
cosa del pasado?”, yo le respondí: “¿Por qué me pregunta eso?”, entonces, ella me dijo: “Soy madre de familia y abuela, hace unas semanas mi hija me invitó a los XV años de mi nieta y asistí con mucho gusto. Todo iba bien, la Misa estuvo muy bonita, mi nieta llevaba un vestido largo muy bello y elegante, que lució mucho en su Misa de acción de gracias, y cuando bailó el vals en la fiesta, desgraciadamente, todo se descompuso después de eso. De pronto, mi nieta dijo que se cambiaría de vestido para bailar con sus chambelanes, y cuando volvió yo no podía creerlo, estaba vestida con un vestido extremadamente
corto, más que una minifalda, y todo pegado al cuerpo”.

“Yo le dije a mi hija, que estaba entada junto a mí, que ese vestido era muy indecente, entonces ella me dijo que me tranquilizara, que solo lo iba a usar para un baile y que luego se lo quitaría. Además,
me dijo que eran cosas de adolescentes, que yo no lo entendería. Entonces vinieron a la pista de baile sus chambelanes con ropa muy provocativa y pegada al cuerpo, como el vestido que traía ella, yo ya no quise decirle nada a mi hija para no causar un problema, e inmediatamente comenzó un baile muy provocativo, en el que tanto mi nieta como los jóvenes que le acompañaban hacían movimientos muy eróticos y sensuales que me hicieron sentir vergüenza de lo que veía”.

“Al día siguiente la llamé y le dije de nuevo que tanto el vestido como aquel baile de mi nieta me habían parecido carentes de la decencia más elemental, pero ella me dijo que estaba exagerando, que yo vivía en el pasado, que mis criterios para juzgar un vestido o un baile estaban fuera de lugar, porque yo juzgaba con criterios de mis tiempos y no con los criterios de los jóvenes de hoy. Yo le dije que la decencia y las buenas costumbres tenían vigencia siempre, pero ella me dijo que la supuesta decencia con que yo juzgaba era cosa del pasado, que no fuera tan rígida, que me modernizara; por eso, quise venir a
preguntarle”.

Yo le respondí: “La decencia y las buenas costumbres no pasan de moda. Hoy en día hay comportamientos y conductas que dejan mucho que desear, que no respetan la decencia más elemental, así que cuando uno, que tiene noción de ellas lo advierte, debe decirlo con claridad, no puede callar por miedo a ser impopular o a caer mal, la verdad debe ser dicha sin miedo, con claridad y con caridad”.

La decencia es el valor que nos hace conscientes de la propia dignidad humana, por él se guardan los sentidos, la imaginación y el propio cuerpo, de exponerlos a la morbosidad y al uso indebido de la sexualidad. Es un valor del que, desgraciadamente, hoy no se habla y se inculca poco por los padres en
los hijos. Incluso, se llega a creer erróneamente que la decencia es un valor del pasado que ya no tiene vigencia en nuestros días.

Hoy en día la decencia es motivo de burla, porque no la comprenden ni los tímidos, ni los cobardes, que se dejan llevar por lo que dice la mayoría o por lo que dictan la comodidad y el placer. La persona que se preocupa por vivir el valor de la decencia despierta confianza en los demás por la integridad de su conducta; sus relaciones son estables porque se basan en el respeto y el interés auténtico que tiene por las personas. La decencia es un valor que templa el carácter, lo fortifica y ennoblece, inculquémoslo.

Que Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.

@arquimedios_gdl

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