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Pbro. Ernesto Hinojosa Dávalos

La historia del México independiente ha transcurrido gran parte en el intento de consolidación de una democracia, buscando el camino de un Estado de derecho que fortalezca las instituciones y genere organismos autónomos para hacer contrapesos en la gobernanza, estableciendo el principio de la división de poderes. Cuando el tiempo y la madurez cívica así lo exigieron, buscó sacudirse la dominación extranjera, primero la europea, luego la del vecino del Norte; después, acabar con los caudillismos que bañaron de sangre fratricida a la tierra patria por más de cien años, para finalmente remover el señorío del partido único, calificado por Vargas Llosa como: “La dictadura perfecta”.
Ha sido un camino tortuoso y no exento de muchos sacrificios y renuncias. Gracias a la visión, y no en menos ocasiones del heroísmo, de preclaros mexicanos y del empuje de la ciudadanía, se han alcanzado una serie de conquistas que han ido abonando a la consolidación de instituciones y con ello de un modelo de gobernanza cada vez más democrático.
Uno de los logros más destacados, sin duda alguna, ha sido la creación del Instituto Federal Electoral en el año de 1990 como resultado de la reforma constitucional realizada en 1987. Este paso hacia la democracia significó dejar atrás la dictadura del partido único y la posibilidad de abrirse a la alternancia en el gobierno y a la participación ciudadana como derecho de incidir en el camino político del país.

Garantizadas las votaciones libres, regidas por un organismo autónomo y no controlado por el gobierno, dio confianza a los ciudadanos para salir a votar y defender su voto ante los intentos de socavar las elecciones por los grupos partidistas que buscan el poder.

Sin embargo, a pesar de los logros alcanzados, se presenta una doble tentación para los mexicanos, de parte de quienes detentan el poder, volver a un régimen autoritario encabezado sea por un solo hombre o por un solo partido; de parte de la ciudadanía, ignorancia y apatía que lleva a no participar en la vida pública y dejarse gobernar por quien sea y como sea.
O para decirlo mejor, la falta de participación ciudadana acaba con la democracia.

En el año 2 mil vivimos la primera alternancia después de 70 años de un solo partido en el poder. La llegada de Vicente Fox abría la posibilidad de comenzar el camino hacia una transición política que precisamente venía empujando la ciudadanía y en la que influyeron de manera definitiva, los nuevos entramados legales y la creación de instituciones que fueron acotando el poder. Después de 20 años, con dos alternancias (cambio de partido en el poder) no es difícil concluir que en México no se consolidó la tan anhelada transición política. Los viejos vicios del sistema aparecen como fantasmas del pasado que hacen temblar a las viejas generaciones pero que son extraños para las nuevas. Lejos de una transición hay señales claras de una dolorosa regresión política.

México necesita un verdadero cambio de sistema político, no sólo de gobierno o gobernantes, sino de todo el sistema político. Para poder abrir “la brecha en el muro” es absolutamente necesaria la participación ciudadana, de lo contrario, aunque unos vayan y otros vengan o cambien de color o de partido, todo seguirá igual. Llegar al estado actual de democracia, aunque incipiente aún, fue gracias a la participación ciudadana, a mujeres y hombres que lograron ver más allá de los partidos y no sucumbieron a la tentación de los intereses de “grupismo”. La regresión política, volver a un estado autoritario o autócrata será, desafortunadamente, por la falta de participación ciudadana.

@arquimedios_gdl

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