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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los primeros ocho sínodos de la Nueva España, (1524 – 1585) fueron juntas o concilios provinciales, que fueron sumando experiencias y nuevos procesos. El primer gran aprendizaje fue constatar la importancia de trabajar de común acuerdo, de compartir trabajos y resultados, de asumir de manera conjunta las responsabilidades, de unificar los criterios, dado que en los primeros años casi cada orden religiosa evangelizó por su cuenta, y no pocas veces en colisión con los métodos y formas de las otras. Los pocos frutos obtenidos, las confusiones provocadas entre los indígenas y las polémicas entre los evangelizadores fueron superándose paulatinamente gracias a estas asambleas de tan notable importancia.
Desde 1555 quedaba claro a los misioneros que la expectativa de conversiones genuinas masivas debía ser descartada, que las conversiones individuales llevaban su tiempo y que todo el proyecto evangelizador seguiría su propio ritmo y no el de sus ansiedades, es entonces que todos le apuestan a un acompañamiento desde la consolidación de estructuras de formación cristiana integral, destacando la construcción de espacios habitacionales donde la vida de las comunidades se organizaba de acuerdo al día, a la semana, al mes y al año cristiano. El modelo pionero fue el de los llamados “colegios”, que universalizado dará sitio a esos espacios habitacionales comúnmente conocidos como “pueblos de indios”, “congregaciones” o “doctrinas”.

Luego de un tan creativo y variado conjunto de métodos y recursos, las estructuras urbanas cristianas serán una de las claves maestras del éxito final de la evangelización, por lo menos en el eje volcánico

transversal y el sur de México, particularmente porque estas congregaciones no giraban sólo en torno al culto o la doctrina, sino que eran conjuntos de servicios integrales tales como el cuidado de la salud, el asilo de huérfanos y ancianos, escuelas, talleres, hospederías y espacios para el comercio. El gobierno español hizo su parte dando autonomía política y económica a los pueblos de indios, reconociendo además la propiedad inalienable de sus tierras.
Gracias a todo este conjunto de esfuerzos, rectificaciones, nuevos métodos, y un constante y preciso acompañamiento, a partir de las primeras décadas del siglo XVII puede hablarse ya de frutos abundantes, de una verdadera primera Pascua para la cristiandad naciente en estas tierras, beneficio que se refleja justamente en el surgimiento de los santuarios, y de las múltiples y diversas tradiciones que han sido transmitidas hasta nuestros días por la religiosidad popular. De hecho, la legitimación escrita de todas las devociones que hunden sus raíces en el siglo XVI, se da en esta primera mitad del siglo XVII.
Esta primera Pascua supuso el arduo viacrucis de la Iglesia española que en América volvió a ser misionera, fue un ejercicio lento de sinodalidad que incluyó a laicos, Religiosos, Sacerdotes y Obispos, sin olvidar el empeño de los reyes y de muchos de sus funcionarios. Poco a poco indígenas bien formados en la fe serán también catequistas, intérpretes, guías y acompañantes de los misioneros.

armando.gon@univa.mx

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