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ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Uno de los grandes retos de la formación de sacerdotes y laicos radica en lograr pasar del aprendizaje a la asimilación.
Por regla general los procesos formativos suelen quedarse en el campo del aprendizaje, es decir, se diseñan programas de todo lo que la persona debe aprender sea en el campo de la catequesis, de la formación presacramental, o de los estudios de filosofía y teología para laicos y para seminaristas. En este esquema el profesor debe cumplir con una determinada serie de contenidos programados y cerciorarse cada determinado tiempo de que sus alumnos han aprendido un tal o cual porcentaje de la información recibida, lo cual les valdrá una calificación de aprobación o de reprobación.
Ya aprobado, el alumno podrá decir que aprendió diversas cosas sobre diversos temas, lo cual no supone que los haya asimilado y en consecuencia los ponga en práctica, sobre todo cuando el aprendizaje versó acerca de conocimientos que exigen llevarse a la vida diaria.
Sin duda esto es lo que nos pasa en el campo de la mal llamada educación en la fe, se puede aprender mucho al respecto sin que ello modifique nuestra forma de ser, pensar, sentir y reaccionar.
En buena medida esto es lo que ha pasado con el Concilio Vaticano II y con el documento de Aparecida, se han estudiado, enseñado y aprendido, sin que eso modifique muchas veces nuestras actitudes y conductas, un signo de ello es el retorno a las modas litúrgicas preconciliares, que muestra con toda evidencia que no entendimos el espíritu del Concilio, sus objetivos y sus metas, el tipo de renovación eclesial que deseaba impulsar.
El actual debate sobre la sinodalidad es un asunto mucho más profundo y serio, pero tal debate no existiría si hubiésemos asimilado las enseñanzas del Concilio, en lugar de haberlas sólo aprendido, en el mejor de los casos.
Lo mismo nos sucede con el documento de Aparecida, que nos invitó a asumir, a asimilar una nueva actitud como
cristianos en el mundo, la actitud del discípulo-misionero, misma que seguimos sin lograr, pues de lo contrario habría en todos nosotros una verdadera avidez por conocer y saber siempre más acerca de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que podemos lograr y de los medios para alcanzarlo, y un empeño profundo por asimilar lo que aprendemos y ponerlo en práctica, pues esa es la actitud que define al discípulo y al misionero.
En su lugar seguimos viendo actitudes de dominio, de autosuficiencia, de pensar que ya lo sabemos todo y de que por lo tanto no tenemos nada nuevo que aprender y asimilar, incluso actitudes de indolencia, darnos cuenta de que no sabemos y no tener la menor preocupación por superarlo.
Cuando el aprendizaje no es seguido de procesos de asimilación, de confrontación entre actitudes, de caminos para el cambio, y de una adecuada evaluación de resultados, el aprendizaje por muy costos que haya sido acaba siendo inútil.

armando.gon@univa.mx

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